El error de la alquimia política
Creer que una estructura económica nos hará mejores personas es el mayor autoengaño del siglo. El sistema solo es el escenario; el actor sigue siendo el mismo miserable.
El error es la especialidad de la casa, pero jamás lo llamamos por su nombre. Preferimos maquillar el tropezón con tecnicismos ampulosos y rebautizar la pifia colosal como «fase de aprendizaje» o «reestructuración táctica» para que el orgullo no requiera puntos de sutura.
El ser humano no comete fallos; simplemente ejecuta experimentos sociológicos no solicitados con resultados aparatosos.
Lo verdaderamente sublime del error no es su inevitable presencia, sino el despliegue de fuegos artificiales narrativos que organizamos para justificarnos.
Somos capaces de redactar un tratado de trescientas páginas antes que pronunciar un escueto «la he pifiado». Al final, la estupidez refinada sigue siendo estupidez, por mucho que se presente con corbata y un gráfico en tres dimensiones.
«El sabio muda de consejo, el necio no».
«Contra la estupidez los dioses luchan en vano». — Goethe
Si ha llegado hasta aquí, debe saber que la fauna que habita este rincón no es uniforme. Lo que está a punto de explorar abajo es una rigurosa guía de campo sobre los especímenes más evasivos del ecosistema humano: esos errores que todos vemos pero preferimos ignorar para no agriar el café.
Todos ellos son elefantes en la sala que esta página aspira a señalar con el dedo, bautizar sin miramientos y, de paso, invitar a pasear.
Póngase cómodo, afine la vista y elija su espécimen: la ceguera selectiva acaba de quedarse sin argumentos.
Creer que una estructura económica nos hará mejores personas es el mayor autoengaño del siglo. El sistema solo es el escenario; el actor sigue siendo el mismo miserable.
Que un millón de personas crean en una estupidez no la convierte en verdad; solo la convierte en una estupidez peligrosamente popular.