El error de a justicia social
La justicia, la de verdad, la que no necesita apellidos, es una virtud que se ejerce de persona a persona. Como decía el jurista romano Ulpiano, consiste en «dar a cada uno lo suyo».
El error es la especialidad de la casa, pero jamás lo llamamos por su nombre. Preferimos maquillar el tropezón con tecnicismos ampulosos y rebautizar la pifia colosal como «fase de aprendizaje» o «reestructuración táctica» para que el orgullo no requiera puntos de sutura.
El ser humano no comete fallos; simplemente ejecuta experimentos sociológicos no solicitados con resultados aparatosos.
Lo verdaderamente sublime del error no es su inevitable presencia, sino el despliegue de fuegos artificiales narrativos que organizamos para justificarnos.
Somos capaces de redactar un tratado de trescientas páginas antes que pronunciar un escueto «la he pifiado». Al final, la estupidez refinada sigue siendo estupidez, por mucho que se presente con corbata y un gráfico en tres dimensiones.
«El sabio muda de consejo, el necio no».
«Contra la estupidez los dioses luchan en vano». — Goethe
Si ha llegado hasta aquí, debe saber que la fauna que habita este rincón no es uniforme. Lo que está a punto de explorar abajo es una rigurosa guía de campo sobre los especímenes más evasivos del ecosistema humano: esos errores que todos vemos pero preferimos ignorar para no agriar el café.
Todos ellos son elefantes en la sala que esta página aspira a señalar con el dedo, bautizar sin miramientos y, de paso, invitar a pasear.
Póngase cómodo, afine la vista y elija su espécimen: la ceguera selectiva acaba de quedarse sin argumentos.
La justicia, la de verdad, la que no necesita apellidos, es una virtud que se ejerce de persona a persona. Como decía el jurista romano Ulpiano, consiste en «dar a cada uno lo suyo».
El error de legislar hasta paralizar postula que todo sistema legal, dejado a su propia inercia, tiende inexorablemente hacia la complejidad, el desorden y la saturación.
¿Qué sucede si el cálculo de nuestra esperanza de vida es erróneo? ¿Qué pasa si, al cruzar el umbral de los noventa años, no nos espera la nada, sino una existencia que no conoce fin?
El síndrome de Arcadia es una «nostalgia tóxica» que idealiza un pasado ideal inexistente para imponerlo como un modelo de futuro imposible.
¿A o B? La pregunta es una trampa. El asno tenía el heno en las narices, pero su mente solo veía simetría. Si te quedas esperando la opción ideal mientras el tiempo corre, ya has elegido el peor resultado posible.
Midas no murió por ambición, sino por mala lógica: obtuvo la respuesta perfecta a una pregunta suicida. En política hacemos lo mismo: buscamos al «líder perfecto» en lugar de diseñar instituciones que sobrevivan a un idiota.
La utopofrenia mesiánica es creer que un burócrata puede fabricar tu felicidad con el dinero de tu vecino. Es el delirio de pensar que el Estado es un dios y no una oficina de correos lenta.
Elegimos gobernantes por su seguridad al prometer milagros, sin entender que esa seguridad es el síntoma definitivo de que no tienen ni la menor idea de lo que están haciendo.
Creer que una estructura económica nos hará mejores personas es el mayor autoengaño del siglo. El sistema solo es el escenario; el actor sigue siendo el mismo miserable.
Que un millón de personas crean en una estupidez no la convierte en verdad; solo la convierte en una estupidez peligrosamente popular.