El gran error del plan de jubilación
¿Qué sucede si el cálculo de nuestra esperanza de vida es erróneo? ¿Qué pasa si, al cruzar el umbral de los noventa años, no nos espera la nada, sino una existencia que no conoce fin?
Esos grandes y pequeños momentos de aprendizaje que sirven de algo cuando forman aprendizaje.
¡Válgame Dios, señor, que cuánta razón tiene ese papelillo! Mire usted, los tropezones que damos en la vida son como las caídas del burro: de poco sirve levantarse sacudiéndose el polvo si uno vuelve a arrimarse al mismo precipicio.
Los errores, si no enseñan, son solo palos que te llevas en las costillas por puro gusto.Ya me gustaría a mí que la vida fuera como esos artilugios modernos de los que hablan los sabios, donde con un botón de «deshacer» se arregla el desaguisado.
¡Qué bien me habría venido a mí borrar aquella zurra de los yangüeses o las pedradas de los galeotes! Pero la realidad es más dura que el pan de tres días. E
n este mundo, lo que se hace, hecho queda, y no hay tu tía. Por eso, más vale aprender la lección a la primera, que los lomos no están para repetir exámenes.
¿Qué sucede si el cálculo de nuestra esperanza de vida es erróneo? ¿Qué pasa si, al cruzar el umbral de los noventa años, no nos espera la nada, sino una existencia que no conoce fin?
El síndrome de Arcadia es una «nostalgia tóxica» que idealiza un pasado ideal inexistente para imponerlo como un modelo de futuro imposible.
¿A o B? La pregunta es una trampa. El asno tenía el heno en las narices, pero su mente solo veía simetría. Si te quedas esperando la opción ideal mientras el tiempo corre, ya has elegido el peor resultado posible.
Midas no murió por ambición, sino por mala lógica: obtuvo la respuesta perfecta a una pregunta suicida. En política hacemos lo mismo: buscamos al «líder perfecto» en lugar de diseñar instituciones que sobrevivan a un idiota.
La utopofrenia mesiánica es creer que un burócrata puede fabricar tu felicidad con el dinero de tu vecino. Es el delirio de pensar que el Estado es un dios y no una oficina de correos lenta.
Elegimos gobernantes por su seguridad al prometer milagros, sin entender que esa seguridad es el síntoma definitivo de que no tienen ni la menor idea de lo que están haciendo.
Creer que una estructura económica nos hará mejores personas es el mayor autoengaño del siglo. El sistema solo es el escenario; el actor sigue siendo el mismo miserable.
Que un millón de personas crean en una estupidez no la convierte en verdad; solo la convierte en una estupidez peligrosamente popular.