Destrucción creativa y destructiva
Si hay destrucción creativa, también la hay destructiva. Una tiene dolores de parto, la otra de autopsia.
Dime, amigo mío, ¿no es una extraña dolencia del alma creerse dueño de una verdad inexplorada? A menudo forjamos en nuestra mente ciertos bocetos, nociones imprecisas de algo que creíamos haber descubierto por cuenta propia.
Sin embargo, al examinar la realidad, la dialéctica nos revela que otros hombres, mucho más sabios, ya habían transitado ese mismo sendero mucho antes que nosotros.
Es entonces cuando nos asalta un pudor inevitable, esa saludable vergüenza que nace al reconocer nuestra profunda ignorancia.
Al contemplar la verdad desnuda, no podemos evitar exclamar con asombro: «¡Era tan obvio ahora que sé de qué se trata!». Pero no te equivoques, ese instante de rubor no es un fracaso, sino el verdadero principio de la sabiduría.
Al final, comprender que aquello que considerabas un hallazgo propio ya pertenecía al mundo, es solo la confirmación de que solo sé que no sé nada.
Si hay destrucción creativa, también la hay destructiva. Una tiene dolores de parto, la otra de autopsia.
Supón que ya vives en el mejor mundo posible; no por optimismo, sino por pánico. Si intentas fabricar el paraíso a martillazos, solo conseguirás que todos acabemos en las ruinas.
En esta nueva comprensión de la pobreza, el éxito no es que el Estado tenga un presupuesto inmenso para ayudas sociales, sino que ese presupuesto tienda a cero porque los ciudadanos han recuperado la soberanía sobre su propia existencia.
No hay nada más impredecible que el pasado en manos de un ideólogo: si controlas la memoria de un pueblo, puedes borrar sus crímenes o inventar sus glorias a medida.
Ser perspicaz no es un don, es una insolencia. Es tener el mal gusto de señalar al animal de tres toneladas que todos han decidido ignorar por el bien de la digestión.