La hipótesis del viejo rabino
En política, el que jura «pureza absoluta» es el más peligroso. Solo el estadista que pide ser vigilado porque teme a su propia fragilidad es digno de nuestra confianza real.
Mira, una hipótesis no es más que un plan elegante que diseñas en una mesa de restaurante caro, justo antes de enviar a tus muchachos a ejecutar el trabajo.
Es esa esperanza secreta que guardas en el pecho de que todo salga limpio y según lo previsto.
Básicamente, es tu cabeza diciéndote: «Si apretamos a este tipo, el negocio funcionará de esta manera». Es una apuesta.
Pero en la calle, como en tus laboratorios, las cosas rara vez son tan sencillas. Tú puedes creer que tienes el control, pero al final del día es el universo el que tiene la última palabra.
Haces tu movimiento, pones las cartas sobre la mesa y esperas a ver si el destino está de acuerdo contigo, o si decide enviarte una respuesta que te obligue a cambiar de ciudad.
En política, el que jura «pureza absoluta» es el más peligroso. Solo el estadista que pide ser vigilado porque teme a su propia fragilidad es digno de nuestra confianza real.
¿Cómo logró Hong Kong superar la riqueza del Reino Unido partiendo de la nada? La clave no fue lo que el gobierno hizo, sino lo que se negó a saber.
Confundimos la profundidad con el barro: muchos autores no son brillantes, simplemente son incapaces de explicar sus ideas sin esconderlas tras un muro de palabras ilegibles.
Deja de rezar para que este gobierno se acabe; la hipótesis de la anciana de Siracusa advierte que el siguiente será, probablemente, mucho peor.