La curiosa idea de de Puydt: la panarquía

el poder de la elite, oligarquía,

Imagine que pudiera elegir a su gobierno con la misma ligereza con la que decide entre Netflix o Prime. Sin mudarse de casa, sin guerras civiles y, sobre todo, sin tener que soportar las decisiones de su vecino, ese que todavía cree que los calcetines con sandalias son el último grito de la moda.

El origen: un belga con demasiado tiempo libre

Todo empezó en 1860 con Paul Émile de Puydt. Este caballero belga, probablemente harto de que los gobiernos de su época fueran tan rígidos como un corsé victoriano, planteó una idea revolucionaria: la libertad gubernamental.

Su tesis era sencilla: si tenemos libertad de culto y libertad de comercio, ¿por qué demonios estamos obligados a consumir el «monopolio político» del territorio donde nacimos? Para De Puydt, la soberanía no debería ser un mapa, sino un contrato.


La panarquía es un sistema donde coexisten múltiples formas de gobierno en el mismo espacio geográfico. Es el buffet libre de la gestión pública. En lugar de que el gobierno sea el dueño del suelo, se convierte en un proveedor de servicios.

Usted firma con el «Estado A» porque le gustan sus bibliotecas y su sistema de salud, mientras su vecino firma con el «Estado B» porque prefiere pagar menos impuestos a cambio de que no le pregunten por su inquietante colección de gnomos de jardín.

Es lo que llamamos extraterritorialidad: la ley va con la persona, no con la tierra que pisa. Esto es un caso sutil de un elefante en la sala. Si yo no vivo a gusto en el gobierno H y tendría que cambiar de país para vivir en el gobierno K, ¿no sería mejor quedarme en mi país e importar una franquicia de K?

El mercado de la justicia y los choques de perros

¿Pero cómo se resuelve un conflicto si yo vivo en una democracia sueca y usted en un absolutismo ilustrado, y su perro decide que mi jardín es el lugar ideal para depositar su legado? Aquí es donde la panarquía saca su manual de instrucciones.

En este mundo, los gobiernos funcionan como compañías de seguros. Para convivir, firman protocolos de interconexión.

Al igual que Telefónica y Orange se ponen de acuerdo para que usted pueda llamar a su tía, los gobiernos panárquicos acuerdan de antemano qué tribunal neutral decidirá cuando sus ciudadanos se peleen.

La reputación lo es todo: si un gobierno es un matón y nunca cede, nadie querrá firmar tratados con él, y sus ciudadanos se verían aislados en una especie de limbo legal. La presión económica obliga, curiosamente, a la civilidad.

Defensa nacional y suscripciones de guerra

En cuanto al ejército, la cosa se pone aún más interesante. El concepto de impuesto desaparece para convertirse en una cuota de suscripción.

¿Quién nos protege de una invasión? En lugar de un ejército nacional financiado con deuda infinita, tendríamos agencias de defensa que compiten por ser las más eficientes.

Ante una amenaza externa, estas agencias formarían consorcios, simplemente porque la guerra es un gasto operativo catastrófico que arruina los márgenes de beneficio. Es preferible pagar una póliza colectiva de disuasión que reconstruir un país entero.


Esta idea fue refinada por el filósofo Robert Nozick en su obra Anarquía, estado y utopía. Nozick sugirió que no debe haber una sola sociedad perfecta, sino un marco para la utopía.

Es como si el Estado fuera el dueño de un centro comercial: él mantiene los pasillos limpios, pero dentro cada uno abre la tienda que quiere.

¿Desea vivir en una comuna marxista donde todo se comparte? Adelante, hay un local disponible. ¿Prefiere una teocracia medieval? Al fondo a la derecha. La clave es el derecho de salida: si su utopía deja de ser divertida y el líder le obliga a comer solo apio, usted simplemente cancela su suscripción y se muda a la tienda de enfrente.

A primera vista, la idea de que usted y su vecino vivan bajo leyes distintas suena a receta para un desastre digno de una comedia de enredos. Sin embargo, la panarquía tiene una lógica interna más sólida que la de un mueble sueco bien montado. Un elefante en la sala difícil de ver, pero una posibilidad al fin y al cabo.

No se trata de un sálvese quien pueda, sino de una evolución del mercado: si podemos elegir proveedor de internet o de seguros de vida sin que el barrio implocione, ¿por qué no hacer lo mismo con el proveedor de leyes?

La panarquía simplemente propone eliminar la geografía como criterio único de convivencia. Es pasar del matrimonio forzoso con el Estado a una serie de relaciones abiertas y consensuadas con instituciones que deben esforzarse por no ser insoportables si quieren conservar a sus clientes.

Al final del día, es mucho más razonable firmar un contrato que nos guste que intentar convencer a media nación de que piense exactamente como nosotros.

Al estilo de Jardiel Poncela

La panarquía es, en definitiva, el único sistema que permite que un caníbal y un vegetariano vivan en el mismo rellano sin que el primero se coma al segundo por imperativo legal. Es la solución ideal para una humanidad que ha demostrado ser incapaz de ponerse de acuerdo hasta en la dirección en la que debe girar el papel higiénico. Consiste en permitir que cada individuo se equivoque de la manera que más le plazca, siempre que pague la cuota mensual de su error. Al fin y al cabo, ¿qué hay más civilizado que poder llamar «mi excelentísimo presidente» a un señor diferente al que adora nuestro cuñado durante la cena de Navidad? La paz universal no vendrá del amor, sino de que cada uno tenga su propio contrato de rescisión.

Al estilo Manual de Instrucciones de IKEA

Paso 1: Elija su ideología.

Paso 2: No pierda el tornillo de la libertad de salida.

Paso 3: Si al final le sobra un dictador, es que algo ha montado mal.

🔎 El error del consenso numérico


Edición última