La eutanasia de las palabras huecas

tratado acerca del disfraz social de la idotez

Este texto es la declaración de una sociedad clandestina que se reúne en los sótanos de las bibliotecas municipales y en las barras de los bares que aún conservan serrín en el suelo. Somos los últimos resistentes contra la papilla semántica, un grupo de apóstatas que ha decidido desertar del ejército de los eufemismos para recuperar el filo de las palabras. Si has sentido que tu cerebro se reblandece tras leer un folleto corporativo, e escuchar un sermón político, bienvenido a la resistencia.


Reunidos bajo el sopor de una reunión que pudo ser un correo electrónico, y con el espíritu tan seco como un desierto de sílice, declaramos la guerra a la nada sonora. Si el lenguaje es la casa del ser, la nuestra tiene goteras de clichés y las paredes pintadas de un color llamado «sinergia».

Proponemos la eutanasia de las palabras huecas

Prohibición del «valor añadido»: Queda terminantemente prohibido usar esta muletilla para describir cualquier cosa que no sea, literalmente, un lingote de oro pegado a un ladrillo. Si tu producto no cura la calvicie ni detiene el tiempo, no aporta valor; simplemente funciona, y eso ya sería un milagro.

Exilio de la «resiliencia»: A partir de hoy, si alguien te pide ser resiliente, tienes permiso legal para lanzarle un diccionario a la cabeza. No somos aleaciones de titanio sometidas a fatiga térmica; somos personas que necesitan un café y que dejen de usar términos de ingeniería de materiales para pedirnos que aguantemos a un jefe insufrible.

Incineración de lo «disruptivo»: Si tu idea no ha provocado la caída de un imperio o, al menos, el cierre de una multinacional, es solo una idea. Una aplicación para pasear hámsteres no es disruptiva; es un síntoma de que tenemos demasiado tiempo libre y muy poco criterio.

Confiscación del «ecosistema»: A menos que hablemos de una selva tropical con jaguares y lianas, nada es un ecosistema. Tu red de contactos en LinkedIn es un grupo de desconocidos con corbata, no un arrecife de coral. Dejemos de pretender que el capitalismo de plataformas es una rama de la biología.

Si necesitas un adjetivo para salvar tu idea, es que tu idea ya ha nacido muerta.

El lenguaje corporativo es el refugio de los mediocres: donde no hay pensamiento, siempre sobra la terminología.

Quien dice «solución holística» suele ser alguien que no sabe arreglar un grifo ni sostener una mirada.

Llamar sinergia al caos es el primer síntoma de una mente que ya no se atreve a pensar


Para facilitar la transición hacia la cordura, adjuntamos esta lista de equivalencias. Es recomendable imprimirla y pegarla sobre cualquier monitor que emita gráficos de barras.

  • «Estamos alineados con la visión»: No tengo ni idea de qué dices, pero quiero irme a comer.
  • «Es una solución holística»: Es un parche caro que intenta tapar siete agujeros distintos.
  • «Vamos a darle una vuelta»: No me gusta, pero no sé explicar por qué.
  • «Buscamos un perfil proactivo»: Buscamos a alguien que trabaje diez horas por el precio de seis.
  • «Es un reto apasionante»: Es un desastre absoluto que nadie quiere tocar con un palo.
  • «Poner en valor nuestro activo»: Intentar vender una cafetera vieja como si fuera una reliquia.
  • «Generar sinergias transversales»: Amontonar a gente que se odia en una sala para que simulen cooperar.

Carné de pureza lingüística y tabla de multas

Queda oficialmente instaurada la patrulla del léxico. Todo aquel que sea sorprendido asaltando el sentido común será sancionado de acuerdo a la siguiente escala de infracciones:

Uso de «apoderarse» o «empoderar» en marketing: Multa de tres días sin acceso a la máquina de café. Si el champú no me da derecho a voto en el consejo de administración, no me empodera; solo me quita la caspa.

Abuso del término «experiencial»: El infractor deberá pasar veinticuatro horas en una sala blanca sin ningún estímulo externo. Una cena es una cena; no es una «experiencia gastronómica inmersiva». No estamos en el fondo del océano.

Uso indebido de «orgánico»: Queda prohibido llamar así a cualquier cosa que no se pudra en una semana. Si tu plan de marketing es orgánico, espero que huela a estiércol.

El juramento del lenguaje afilado

Antes de cruzar el umbral de cualquier sala de juntas o abrir una pestaña de navegador, todo miembro de esta sociedad deberá recitar, con la mano sobre una edición de El Quijote o un manual de instrucciones de 1980, lo siguiente:

«Juro por mi capacidad de asombro que no llamaré ‘oportunidad de crecimiento’ a un error garrafal, ni ‘optimización de recursos’ al despido de mi compañero de mesa. Prometo usar el punto y seguido antes que el adjetivo innecesario, y prefiero ser tachado de hosco antes que ser elogiado por mi asertividad. Que mi lengua sea un bisturí y no un algodón de azúcar».

Pulse aquí para algunos de los miembros honorarios de esta sociedad

Los guardianes de la palabra

  • George Orwell: El santo padre de nuestra resistencia. En su ensayo La política y el idioma inglés, dejó escrito el diagnóstico definitivo: «El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales de uno y los declarados, se recurre, por así decirlo, instintivamente a las palabras largas y a los modismos agotados».
  • Friedrich Nietzsche: El filósofo del martillo no tenía paciencia para la vaguedad. Decía que «las palabras son solo símbolos para las relaciones de las cosas entre sí y con nosotros; en ninguna parte tocan la verdad absoluta». Su desprecio por la «cháchara» de la cultura de masas es el cimiento de nuestra indignación.
  • Juan de Mairena (Antonio Machado): Siempre sospechoso de la pomposidad, recomendaba a sus alumnos: «Señores, usen ustedes el lenguaje más llano. No digan ‘los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa’, digan simplemente: ‘lo que pasa en la calle’».
  • Blaise Pascal: Quien admitió con elegancia el pecado de la verborrea: «He redactado esta carta más extensa de lo habitual únicamente porque no he tenido el tiempo necesario para hacerla más corta». Es la cita perfecta para combatir la tiranía del informe de cien páginas.
  • Karl Kraus: El gran satírico vienés que veía en una coma mal puesta el fin de la civilización: «Mi lenguaje es la prostituta común que quiero convertir en virgen». Kraus entendía que si el lenguaje se corrompe, la ética le sigue de cerca.
  • Ludwig Wittgenstein: «Todo lo que puede ser dicho, puede ser dicho con claridad; y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse».

Exigimos el retorno al sustantivo con aristas y al adjetivo con mala leche. El lenguaje no es un lubricante para evitar el roce de la realidad; es la herramienta para señalar dónde duele. Si no puedes explicar tu proyecto sin usar palabras que harían bostezar a un busto de mármol, quédate en silencio. El silencio, al menos, tiene la dignidad de no intentar vendernos una suscripción.

🔎 La hipótesis de la escritura confusa influyente


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