¿Por qué el siguiente gobernante siempre logra superar al anterior en incompetencia? Esta es la hipótesis de la anciana sagaz de Siracusa: después de un mal gobierno lo más probable es que siga otro aún peor. Porque sucede que la atención se pone en quitarse de encima al mal gobernante, olvidando cómo deberá gobernar el siguiente.
El dilema cotidiano: la trampa de la puerta giratoria de la gestión
Imagine usted la escena habitual de cualquier oficina moderna. Un director general despótico, micromanager y adicto a las reuniones de tres horas a las ocho de la mañana es finalmente despedido por el consejo de administración.
En la máquina de café corren los descorches de champán imaginarios. El personal celebra que la pesadilla ha terminado, convencido de que cualquier cosa que venga después será, por pura fuerza de la probabilidad, una mejora sustancial.
Seis meses más tarde, el nuevo ejecutivo ha triplicado el volumen de trabajo, ha recortado los incentivos, ha implantado un sistema de geolocalización en los teclados y ha conseguido que todo el departamento eche de menos con lágrimas en los ojos al antiguo tirano.
¿Por qué caemos una y otra vez en esta ilusión? Ante la frustración que produce un mal liderazgo, la mente humana tiende a asumir una premisa peligrosamente falaz: que el suelo de la incompetencia ya ha sido alcanzado y que solo queda subir. La historia, sin embargo, nos demuestra de forma insistente que el pozo de la mala gestión no tiene fondo.
El origen histórico: una anciana, un tirano y la paradoja del mal peor
La idea no es nueva, aunque tendamos a olvidarla con cada ciclo electoral o reestructuración corporativa. Se atribuye al anecdotario sobre Dionisio I el Viejo (o Dionisio de Siracusa), tirano del siglo IV a.C., una interacción de una lucidez casi cruel.
Dionisio era un gobernante brutal, paranoico y aborrecido por la práctica totalidad de sus súbditos, quienes aguardaban con ansia el día de su muerte. Sin embargo, entre la multitud consternada, una anciana acudía diariamente al templo a rogar públicamente a los dioses por la larga vida y la salud de hierro del tirano.
Intrigado por semejante acto de devoción insólita —y sospechando una burla o una conspiración—, Dionisio mandó llamar a la mujer a su palacio y le exigió explicaciones. La anciana, sin inmutarse, le expuso su razonamiento:
«Cuando era joven, teníamos un tirano cruel. Rogué a los dioses que se lo llevasen y me oyeron. Pero después vino otro peor y también rogué por su muerte. Ahora has llegado tú, que has superado con creces las maldades de los anteriores. Escarmentada por la experiencia, pido a los dioses que te den una larga vida, porque me aterra pensar en la alimaña que mandarán para sustituirte».
Esta anécdota condensa el núcleo de lo que podemos llamar la Hipótesis de la anciana de Siracusa: Las probabilidades de que a un mal gobierno (o liderazgo) le siga uno sensiblemente peor no solo existen, sino que suelen ser drásticamente superiores a las de obtener una mejora.
¿Por qué el sustituto suele ser peor?
¿Es esto simplemente una manifestación del clásico refrán «más vale malo conocido que bueno por conocer»? En absoluto. La hipótesis esconde dos mecanismos estructurales que explican por qué la sucesión de liderazgos tiende al deterioro:
1. El «voto de descarte» y la ceguera de la transición
Cuando la gestión de un líder alcanza niveles insoportables, la atención colectiva se concentra de manera obsesiva en un único objetivo: expulsar al ocupante del cargo. Todo el esfuerzo emocional, político o corporativo se invierte en el proceso de destitución.
En ese estado de agotamiento y prisa por el cambio, los ciudadanos (o los accionistas) bajan la guardia respecto a los méritos del sustituto. Se asume que «cualquier alternativa es válida» con tal de romper con el presente.
Esta desatención abre una ventana de oportunidad gigantesca para los perfiles más oportunistas, radicales o despiadados, que aprovechan el vacío de poder y la desesperación general para posicionarse en el trono.
2. La erosión institucional previa
Un mal gobernante rara vez se marcha dejando las cosas intactas. Para mantenerse en el poder, Dionisio I —al igual que los ejecutivos incompetentes o los regímenes autoritarios— suele debilitar los contrapesos, esquilmar los recursos, polarizar a la organización y alterar las reglas del juego.
El líder sucesor no hereda un terreno limpio y próspero, sino un ecosistema degradado. Para gobernar una estructura que ya está rota, las herramientas racionales resultan ineficaces, lo que empuja al nuevo ocupante a aplicar medidas aún más arbitrarias y extremas que las de su predecesor.
Casos límite y evidencia histórica
Si sometemos la hipótesis al filtro de la historia o de la gestión contemporánea, los ejemplos se multiplicaron con una persistencia desalentadora:
- El Imperio Romano: Tras la caída de figuras tiránicas pero administrativamente capaces como Calígula o Nerón, Roma no desembocó en un oasis republicano, sino en periodos de guerra civil, inestabilidad y gobernantes sensiblemente más incapaces que aceleraron el colapso.
- El ciclo de las revoluciones: La Revolución Francesa buscó liberarse de los excesos y la rigidez de la monarquía absoluta de Luis XVI. La respuesta institucional a ese absolutismo no fue un marco de concordia, sino el periodo del Terror de la Convención Nacional conducido por Maximilien Robespierre, donde la guillotina sustituyó al debate político con una voracidad que dejó pequeño al régimen anterior.
- Mundo corporativo moderno: En el sector empresarial, las crisis de sucesión tras la salida abrupta de un CEO dominante suelen derivar en nombramientos de emergencia donde los fondos de inversión o las juntas directivas aceptan perfiles de «recorte drástico» que terminan destruyendo el valor de la compañía en tiempo récord.
Síntesis
Quien por pura desesperación se concentra únicamente en echar al tirano de turno, olvida vigilar al que viene haciendo cola en el pasillo, abriéndole la puerta del gallinero a un zorro bastante más hambriento.
Si el pueblo o la empresa, ciego de hastío,
solo busca el descarte sin mirar el expediente,
por cada inútil que se va por la puerta,
entra otro peor por el ascensor de dirección.
La lección de la sabia anciana de Siracusa no es el conformismo ni la resignación ante el abuso, sino la prudencia analítica: la próxima vez que celebre la caída de un mal gestor, guarde el champán un par de meses. Es muy probable que termine echando de menos los viejos buenos tiempos de la incompetencia anterior.
Referencias
🐘 Dionisio I de Siracusa (c. 432 a.C. – 367 a.C.): La anécdota forma parte de la tradición historiográfica sobre los tiranos sicilianos y la psicología de las multitudes bajo regímenes autocráticos.
🐘 Valerio Máximo: Factorum et dictorum memorabilium libri IX (Libro VI), recopilación clásica en la que se registran episodios morales sobre la percepción pública y la severidad de los gobernantes en la antigüedad.
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