La ley de acuerdos decrecientes

la sociedad hace su vida de darse cuenta del elefante que la ve

¡Válame Dios, señor hidalgo! Pase vuestra merced y no se quede en el dintel, que aquí el vino no tiene bautizo y la lengua no tiene freno. Siéntese a esta mesa de roble, aunque le advierto que, si busca que todos estos jayanes que beben conmigo se pongan de acuerdo en la crianza de la vid o en el talle de una moza, perderá el juicio antes que la bolsa. Es la ley de acuerdos decrecientes, un elefante en la sala que todos pueden ver si ponen atención, pues donde hay dos hay disputa, y donde hay ciento, ¡hay un infierno!

Imagínate que estás con cuatro amigos frente al menú de una pizzería. Uno es vegano, otro odia el gluten, el tercero detesta la piña y tú solo quieres que alguien decida de una vez porque tienes hambre.

Este drama cotidiano es la ilustración perfecta de la ley de acuerdos decrecientes: cuanta más gente se suma a la mesa, más difícil es que todos sonrían al abrir la caja.

El problema: la entropía del grupo

Cuando decides solo, el acuerdo es del 100%. Eres el rey de tu destino. Al añadir a una segunda persona, la probabilidad de coincidir en todo baja un escalón. Si metes a diez, las combinaciones de gustos, manías y traumas personales crecen de forma exponencial.

Llega un punto en que la probabilidad de un acuerdo que satisfaga plenamente a todos es, técnicamente, cero. Es matemáticamente más fácil que te caiga un rayo a que cincuenta personas se pongan de acuerdo en si la base debe ser crujiente o esponjosa. Todo esto se resume en la ley de acuerdos decrecientes: a más cabezas, menos coincidencias.

Esta ley es un elefante en la sala que todos pueden ver si ponen atención, pero que solemos ignorar cuando intentamos organizar grupos grandes.

En breve


Cuando el consenso muere, los grupos suelen tomar uno de estos tres caminos para no morir de hambre y escapar de la parálisis que impone la ley de acuerdos decrecientes:

La dictadura de la mayoría (democracia básica)

Si seis quieren pepperoni y cuatro quieren vegetales, se pide pepperoni. Los seis están felices, pero los otros cuatro se quedan mirando el techo con el estómago vacío. Es eficaz, pero genera resentimiento a largo plazo.

Un modo pacífico de llegar a acuerdos. Las reglas indican que la solución es el acuerdo aprobado por la mayoría. Está lejos de ser un remedio perfecto, pero resulta aceptable, si todos antes acuerdan que votar es la solución.

La delegación (el tirano decide)

El grupo, agotado de debatir, señala a uno y dice: «Tú decides, pero luego no te quejes si no nos gusta». Es rápido, pero le das un poder enorme a alguien que quizá solo piensa en sus propios gustos.

La autoridad puede ser delegada pero también secuestrada por la fuerza. Es otra forma de llegar a acuerdos muy dependiente en la calidad de la persona en la que el poder sea asignado. Los acuerdos se implantan por la fuerza.

La fragmentación (cada quien su caja): la rendición final

El grupo se divide y llega a la solución que da gusto a todos: cada uno pide una pizza individual a su total gusto. Ya no hay necesidad de acuerdos acerca de los ingredientes de la pizza.

El único acuerdo necesario es respetar la libertad de cada uno para comer lo que quiera, incluso no comer o comer un pincho de tortilla en lugar de la pizza.

«No conozco la clave del éxito, pero la clave del fracaso es complacer a todo el mundo». — Herbert Bayard Swope

Donde hay muchos, nada se hace pronto y nada se hace bien

Muchas manos en el plato, hacen mucho garabato.


Ahora, elevemos esto al nivel de un país. Una constitución suele ser como una pizza gigante que todos estamos obligados a comer. El error histórico ha sido intentar que esa pizza tenga todos los ingredientes que a cada grupo le gustan: religión, modelo económico, valores morales específicos, etc., ignorando por completo la ley de acuerdos decrecientes.

El resultado es un texto de quinientas páginas que nadie lee y que la mitad del país odia. La propuesta para cualquiera sería aplicar la arquitectura del marco:

  • No diseñes la casa, solo pon los límites del terreno: En lugar de una constitución que diga cómo debemos vivir, necesitamos una que solo garantice que nadie nos impida vivir como queramos.
  • El árbitro, no el jugador: La ley no debería ser un manual de instrucciones sobre la «felicidad», sino un reglamento que castigue a quien salte la valla del vecino.

El federalismo de las rebanadas

Si el acuerdo nacional es imposible por el volumen de gente, la solución es que el «Gran Acuerdo» sea solo sobre lo básico (no matarnos, respetar la propiedad, defender la frontera).

Todo lo demás —la educación de los hijos, qué sustancias son legales, cómo se organizan los barrios— se decide en grupos pequeños. Es mucho más probable que cien vecinos se pongan de acuerdo en su estilo de vida que cien millones de ciudadanos, burlando así la implacable ley de acuerdos decrecientes.

En resumen: para vivir juntos sin matarnos, la receta no es ponernos de acuerdo en todo, sino ponernos de acuerdo en unas pocas cosas, dejando que cada quien se cocine su propia vida en su propia cocina.

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James Buchanan y Gordon Tullock. El cálculo del consenso (1962). Explican que tomar decisiones por unanimidad (el acuerdo de todos) tiene un coste de decisión altísimo: el tiempo y el esfuerzo para que todos digan «sí» tienden al infinito conforme crece el grupo. Proponen que una Constitución debe ser un acuerdo sobre las reglas del juego, no sobre los resultados. Es decir, nos ponemos de acuerdo en cómo vamos a decidir, porque ponernos de acuerdo en qué decidir es imposible debido a la ley de acuerdos decrecientes.

Robert Nozick, en su libro Anarquía, Estado y Utopía (1974), defiende tu propuesta de la «constitución de mínimos». Propone el Estado Mínimo. Para él, cualquier Estado que intente hacer más que protegernos contra la violencia, el robo y el fraude, termina violando los derechos de alguien. Visualiza la sociedad como un «marco para la utopía», donde el gobierno central solo pone las reglas básicas de respeto, permitiendo que luego cada grupo pequeño cree su propia comunidad (su propia rebanada de pizza) según sus valores.

Friedrich Hayek, en su trilogía Derecho, legislación y libertad, distingue entre la «Ley» (reglas de conducta general que permiten la libertad) y la «Legislación» (órdenes específicas de un gobierno). Sostiene que los grandes acuerdos solo funcionan si son sobre normas abstractas. Si intentamos que la ley diga qué debe hacer cada ciudadano para ser feliz, la ley de acuerdos decrecientes hará que el sistema colapse o se vuelva tiránico.


Así pues, vuestra merced lo ve claro: mejor es que el Rey nos ponga cuatro leyes de no matarnos ni robarnos la capa, y que luego cada cual se las entienda con su conciencia y su bota de vino. Porque intentar que todo el reino baile al mismo son es querer meter el mar en un dedal, por culpa de esa ley de acuerdos decrecientes que nos vuelve tercos como mulas. Váyase en paz, que aquí queda el marco y allá su libertad; y si el vecino le molesta, ¡que para eso inventó Dios el acero y yo el buen consejo!


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