Apuntes para una obra de teatro
Un club exclusivo en alguna dimensión de la ultra-historia. En una esquina, Joseph Schumpeter, ajustándose el monóculo y con ese aire de economista refinado. En la otra, Ortega y Gasset, con su elegancia madrileña y esa mirada de «os lo dije, pero estabais demasiado ocupados siendo modernos».
Se saludan con una reverencia. Saben que ambos escribieron el guión de la tragicomedia.
La paradoja del bienestar o cómo morir de éxito
Schumpeter abre la conversación con un suspiro: «Querido José, mi capitalismo es tan eficiente que ha terminado por financiar a sus propios enterradores». Ortega asiente, mientras observa a lo lejos a un turista quejándose de que el wifi en el Everest va lento.
El punto de encuentro entre ambos es lo que podríamos llamar la tiranía de lo dado. El sistema ha tenido tanto éxito en eliminar el hambre y la escasez que la gente ha empezado a creer que los yogures aparecen en la nevera por generación espontánea, que la libertad de expresión es una función natural de la laringe, como el carraspeo.
Dos «aguafiestas» brillantes
Observaciones de Schumpeter: Joseph se ríe de esos críticos que, sentados en un café pagado por los dividendos de una multinacional, escriben manifiestos contra el libre mercado. Para él, el capitalismo es como un padre que paga la carrera de un hijo que solo estudia cómo destruir la empresa familiar. Es la tiranía de lo dado: el sistema crea una abundancia tal que permite el lujo de mantener a una clase social cuya única ocupación es odiar el sistema.
Observaciones de Ortega: Interviene para ponerle nombre al sujeto. Es el señorito satisfecho. Ese ser que no da las gracias por nada porque cree que todo le es debido. Es el hombre que usa un smartphone para pedir el regreso al comunismo agrario, olvidando que sin la odiada «técnica» y el «capital», su esperanza de vida sería la de una ardilla con gripe.
El banquete de los ingratos
Lo que ambos autores discuten, entre sorbo y sorbo de un vino que nadie sabe quién ha producido (pero que todos exigen que sea barato y ecológico), es la pérdida de la memoria del esfuerzo.
Observaciones de Schumpeter: señala que, en el afán de corregir cada pequeña imperfección del mercado, los gobiernos terminan creando una red de burocracia que asfixia la innovación. «Es como ponerle frenos de oro a un motor para que no corra demasiado; al final, el coche no se mueve, pero ¡qué bonitos son los frenos!».
Observaciones de Ortega: José añade que el problema es que el hombre-masa no tiene proyectos, solo deseos. Y como el capitalismo le ha cumplido todos los deseos materiales, ahora el hombre-masa quiere dirigir la historia sin saber siquiera cómo funciona una ley física básica. Es la «rebelión» de quien no quiere responsabilidades, solo privilegios.
Despedida: un brindis por el colapso confortable
Al final del encuentro, ambos coinciden en una ironía final: el capitalismo y la civilización liberal son víctimas de su propia generosidad. Han creado un mundo tan cómodo que han vuelto a los humanos demasiado blandos para defender las estructuras que sostienen esa comodidad.
«¿Sabes qué es lo más gracioso, Joseph?», dice Ortega. «Que cuando todo esto se derrumbe porque olvidaron cómo mantenerlo, culparán a la falta de presupuesto y no a su propia estupidez». Schumpeter sonríe y dice: «Cierto, José. Pero al menos nos queda el consuelo de que el socialismo que venga después será tan ineficiente que nos hará parecer genios durante los próximos mil años».
Pulse para un análisis esquemático de las ideas de Ortega y Schumpeter
En su obra «Capitalismo, socialismo y democracia» (1942), Schumpeter plantea una paradoja: el capitalismo no fracasa por sus debilidades, sino por sus logros.
- La obsolescencia del emprendedor: El capitalismo tiende a la racionalización y a la creación de grandes corporaciones. Esto convierte la innovación en algo rutinario y burocrático, desplazando la figura del «emprendedor heroico» que era el motor del sistema.
- La creación de una clase intelectual hostil: El éxito económico permite que más personas accedan a la educación superior. Se crea así una masa de intelectuales que, aunque viven de la riqueza generada por el capitalismo, no participan directamente en la producción y tienden a criticar el sistema que los mantiene.
- La erosión de las capas protectoras: Schumpeter argumentaba que el capitalismo destruye las estructuras sociales antiguas (como la aristocracia o las familias extensas) que antes lo protegían, dejando al individuo solo frente al Estado y facilitando la transición hacia un socialismo burocrático.
Por su parte, Ortega y Gasset, en «La rebelión de las masas» (1929), describe un fenómeno psicológico y social que encaja perfectamente con lo que mencionas: la aparición del hombre-masa.
- La herencia no agradecida: Para Ortega, el hombre-masa nace en un mundo técnicamente avanzado y jurídicamente estable. Como no le ha costado esfuerzo construirlo, lo percibe como algo natural, como si fuera «el aire que respira». No ve el esfuerzo, la disciplina ni los principios institucionales que lo hacen posible.
- El niño mimado de la historia: Ortega usa la metáfora del «señorito satisfecho». Es alguien que tiene deseos ilimitados pero siente una profunda ingratitud hacia lo que ha hecho posible su bienestar. Al creer que el progreso es automático, se permite el lujo de jugar con ideas radicales o destructivas que socavan las bases de la civilización.
- La intervención del Estado: El hombre-masa, ante cualquier problema, tiende a pedir la intervención del Estado, sin darse cuenta de que esa estatización progresiva termina por secar la espontaneidad social que creó la riqueza originalmente.
Aunque Schumpeter era economista y Ortega filósofo, sus tesis convergen en un diagnóstico sombrío sobre la modernidad:
- Ignorancia de las causas: Ambos coinciden en que los beneficiarios del sistema olvidan las condiciones necesarias para su existencia (la propiedad privada, el ahorro, la responsabilidad individual, el respeto a la ley).
- El peligro de la corrección superficial: Quienes pretenden «corregir» el capitalismo para hacerlo más cómodo o igualitario suelen atacar los incentivos que generan la prosperidad. Es lo que Ortega llamaba «la barbarie del especialismo» o el desconocimiento de la complejidad del sistema.
- Hacia la burocratización: En ambos casos, el resultado final es un mundo más rígido, menos libre y gestionado por una administración central que asfixia el dinamismo original.

«Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted de sostener la civilización… se ha fastidiado usted. En un rictus de tiempo se queda usted sin civilización. Un descuido, y cuando vuelve usted a mirar, la civilización se ha evaporado». J. Ortega y Gasset
Guía práctica para evitar la tiranía de lo dado
Cada vez que uses algo que funcione —desde el metro hasta una aplicación de banca—, recuerda que eso no es espontáneo ni gratuito. Alguien tuvo que arriesgar su capital, alguien tuvo que romperse la cabeza con las matemáticas y alguien tuvo que gestionar un equipo.
- El mantra: «Esto no estaba aquí cuando el mundo empezó; alguien lo puso y alguien tiene que cuidarlo y mantenerlo».
Schumpeter advertiría que cada vez que un político promete «arreglar» un sector a base de decretos y burocracia, probablemente esté matando la gallina de los huevos de oro para hacer un caldo que solo durará una noche.
- La regla de oro: Si la solución implica que nadie tenga que esforzarse y que el Estado pague la cuenta, sospecha. La cuenta siempre llega, y suele traer propina.
Para Ortega, la verdadera nobleza no es un título de sangre, sino la capacidad de exigirse más a uno mismo que a los demás. El hombre-masa exige derechos; el hombre noble asume deberes.
- El ejercicio: Intenta pasar un día entero sin quejarte de injusticias y desigualdades sin antes preguntarte: «¿Qué estoy aportando yo para que este sistema sea mejor?».
Es muy glamuroso criticar las estructuras del capital mientras se disfruta de una esperanza de vida de 85 años y antibióticos de última generación. Trata de que tu crítica sea racional y no un simple berrinche estético.
- El consejo: Antes de pedir el desmantelamiento de una institución, asegúrate de entender exactamente para qué servía. (Es lo que Chesterton llamaba «la valla del segundo pensamiento»).
No busques la seguridad absoluta. El deseo de que todo sea estático y seguro es el primer paso hacia la decadencia. El éxito de la libertad es que nada es eterno; lo nuevo desplaza a lo viejo.
- La actitud: En lugar de pedir que el mundo se detenga para que tú no sufras, aprende a surfear la ola del cambio. La estabilidad total solo existe en los cementerios y en las economías planificadas (que vienen a ser lo mismo).
El mayor peligro de un sistema exitoso es que genera personas que se creen demasiado inteligentes para respetar las reglas que las hicieron prósperas.
«Heredero arrogante, pobreza adelante»
«Civilización que se hereda y no se cuida, en un rictus se nos olvida»
«Quien no agradece el agua, no merece la sombra»
Si no protegemos nuestra herencia cultural, la perderemos de forma repentina y trágica, tan rápido como se contrae un músculo de la cara en un gesto de dolor.

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