La paradoja del gobierno igualitario
La redistribución de riqueza no quita el dinero a los ricos para dárselo a los pobres; se lo quita a todos para que el Estado sea el único millonario de la sala.
Avisos que se tienen antes de hacer algo imprudente, para que cuando se haga, al menos se acepte que se estaba advertido.
Es la forma que tiene el universo de gritarte al oído: «No te atrevas siquiera a insinuar que no te lo había advertido ya».
Mira ese vaso roto en el suelo. No se cayó solo, ¿verdad? Te tembló el pulso antes de soltarlo. Ese temblor es el aviso. Esa advertencia.
No son maldiciones ni mala suerte. Son el camarero que te avisa de que el barril está picado antes de que te sirvas la última copa.
Si decides beber de todos modos y acabas con dolor de estómago, la culpa no es del vino. Es tuya. Ya fuiste advertido.
El destino no es sutil. No te manda cartas perfumadas. Te pega un grito en la oreja para que dejes de hacer el tonto.
La próxima vez que tropieces con la misma piedra, no mires al cielo buscando culpables. El universo ya cumplió su parte avisándote. Ahora te toca a ti decidir si quieres seguir pagando la ronda de tu propia terquedad.
La redistribución de riqueza no quita el dinero a los ricos para dárselo a los pobres; se lo quita a todos para que el Estado sea el único millonario de la sala.
Saturno devoró a sus hijos por miedo a una profecía. Hoy, los gobernantes sacrifican el futuro de un país entero solo para no perder su silla.