El problema del conocimiento político incompleto

la exploración del elefante en la sala

En su novela satírica La isla de los pingüinos (1908), Anatole France dejó escrita una verdad incómoda sobre la capacidad de nuestros dirigentes:

«Como los asuntos del Estado están tan extendidos que la inteligencia de un solo hombre no puede abarcarlos, hay que perdonar a los ministros que trabajen a ciegas en ellos y no abrigar ningún resentimiento contra el bien o el mal que hagan, sino suponer que se mueven como en un juego de la gallina ciega».

La gestión de una nación es una tarea tan ridículamente vasta y compleja que resulta físicamente imposible que un gobernante (o un comité de expertos) disponga de la información necesaria para dirigirla.

Por lo tanto, andar alabando a los políticos por el estado de la economía es tan absurdo como felicitar a alguien por acertar un pleno en la ruleta con los ojos tapados: gobiernan a tientas y al garete. Es que se atreven a dictar políticas sin saber cómo funcionan las cosas, igual que cualquier mortal que entra a la cabina de un 747 y empieza a mover perillas, controles y botones.


El mismo Anatole France remató la faena en la misma obra La isla de los pingüinos al señalar quién sostiene realmente el tinglado nacional:

«Pero lo que es necesario considerar es que los imperios subsisten, no por la sabiduría de ciertos secretarios de Estado, sino por las necesidades de millones de hombres que, para vivir, trabajan en toda clase de artes bajas e innobles, como la industria, el comercio, la agricultura, la guerra y la navegación. Estas penurias individuales constituyen lo que se llama la grandeza de un pueblo, y ni el príncipe ni los ministros tienen parte en ellas.»

El país no prospera porque un gabinete apruebe un decreto en el boletín oficial; prospera porque millones de ciudadanos se levantan a las siete de la mañana para sacar adelante sus comercios, sus fábricas y sus cultivos. La grandeza de una sociedad no es fruto de la planificación central, sino de la suma incesante de esfuerzos individuales para llegar a fin de mes.


Si la hipótesis de Anatole France es correcta, las teorías que defienden el intervencionismo estatal y la planificación económica centralizada se desmoronan por su base. Ningún líder mesiánico ni ministerio de planificación puede arrogarse el mérito de la prosperidad.

Una vez que se señala este elefante en la sala, la sorpresa desaparece y la conclusión resulta obvia: la responsabilidad del progreso siempre ha recaído sobre los hombros de los ciudadanos ocupados en sus menesteres diarios.

El respaldo insospechado de la ciencia económica

Lo más fascinante es que la intuición literaria de Anatole France encontró respaldo científico décadas más tarde en economistas a los que probablemente jamás leyó:

  • Adam Smith acuñó en La riqueza de las naciones (1776) la idea de que la verdadera riqueza de un país no reside en las arcas del Estado, sino en el trabajo productivo y coordinado de sus ciudadanos.
  • Ludwig von Mises demostró en su histórico ensayo El cálculo económico en el sistema socialista (1920) la imposibilidad matemática y práctica del cálculo económico centralizado cuando se elimina el mercado libre.
  • Friedrich Hayek, Premio Nobel de Economía y discípulo de Mises, profundizó en esta tesis en su célebre ensayo El uso del conocimiento en la sociedad (1945), explicando que la información indispensable para que la economía funcione está fragmentada y dispersa en la mente de millones de individuos, siendo imposible de concentrar en un ministerio.
  • Thomas Sowell resumió el problema en su libro Knowledge and Decisions (1980) señalando que el gobierno jamás podrá poseer la cantidad de conocimiento práctico e informal que guía las acciones de la gente común.

Incluso la filosofía antigua ya había anticipado esta lección de humildad política. En el clásico Tao Te Ching atribuido a Lao Tsé, se lee:

«El mejor gobernante es aquel cuya existencia apenas es notada… Cuando su trabajo está hecho, la gente simplemente dice: «Lo hicimos nosotros mismos».»


Cuando los gobernantes ignoran el problema del conocimiento incompleto y pretenden planificar la vida de sus ciudadanos desde un despacho, el desastre no se hace esperar:

  1. El Gran Salto Adelante de Mao Zedong (1958-1962): Creyendo poder reorganizar la agricultura y la industria china a golpes de voluntarismo ideológico, obligó a la población a producir acero inservible en hornos caseros e impuso técnicas agrícolas absurdas. El experimento desencadenó la Gran Hambruna China, con decenas de millones de muertos.
  2. La Colectivización Forzosa de Iósif Stalin (1929-1933): La Unión Soviética eliminó a los agricultores experimentados para planificar la producción de grano directamente desde Moscú. Despreciar el conocimiento práctico de los campesinos destruyó el sistema agrario y provocó la hambruna del Holodomor en Ucrania.
  3. Las ocurrencias ganaderas de Fidel Castro: Tal como relata Enrique Krauze en su obra El pueblo soy yo, el mandatario cubano decidió personalmente cruzar cebúes con vacas Holstein (lo que redujo drásticamente la riqueza ganadera de la isla) y ordenar la tala de los árboles frutales de La Habana para plantar una variedad de café que resultó ser un absoluto fracaso.

«El gobernante que cree saberlo todo es el capitán que, ignorando la dirección del viento, insiste en rediseñar las velas a mitad de la tormenta: el naufragio está garantizado.»

Recuerde, andar alabando a los políticos por el estado de la economía es tan absurdo como felicitar a alguien por acertar un pleno en la ruleta con los ojos tapados: gobiernan a tientas y al garete.

Referencias de lectura

🐘 Enrique Krauze — El pueblo soy yo (2018). Un análisis lúcido sobre la deriva del populismo, la tentación autoritaria y las consecuencias de la concentración del poder personalista.

🐘 Anatole France — La isla de los pingüinos (1908). Una de las sátiras políticas y sociales más brillantes de la literatura europea sobre la historia de la civilización y la naturaleza del poder.

🐘 Friedrich Hayek — El uso del conocimiento en la sociedad (1945). Ensayo breve e indispensable sobre la dispersión de la información en el mercado libre y las limitaciones de la planificación central.

🐘 La hipótesis de la escritura confusa influyente

🐘 El seductivo sesgo de la explicación descabellada

🐘 El síndrome del capitán


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