Unos pocos casos de clichés populares
Cliché clásico: «Cada uno tiene su propia verdad». La gravedad semántica: si cada uno tiene su propia verdad y no existe una verdad objetiva, entonces la afirmación no puede ser una verdad universal. Es una paradoja. Si es verdad para todos, entonces existe al menos una verdad objetiva, lo que anula la premisa original.
Un cliché de moda: «Hay que ser tolerantes con todo». La gravedad: si la tolerancia es absoluta y no tiene límites, termina por desaparecer (K. Popper). Si toleras a quienes buscan destruir la tolerancia, los intolerantes acabarán con el sistema de respeto.
Un cliché resignado: «Lo que tenga que pasar, pasará» (o «ya estaba escrito»). La gravedad: si el destino es inalterable, entonces el concepto de «precaución» o «elección» no existe. Mirar a ambos lados antes de cruzar la calle sería una pérdida de tiempo; si te van a atropellar, pasará de todos modos, y si no, estás a salvo.
Definición de la ley de la gravedad semántica
🐘 La ley establece que todo cliché lanzado al aire con fines de conclusión superior, termina cayendo por su propio peso sobre la cabeza del emisor y que de esta caída por gravedad pocos se dan cuenta (lo que la constituye como otro elefante en la sala).
Al igual que la gravedad universal, la falta de lógica produce caídas; cuanto más alto se intente llegar con una frase profunda, un cliché, más fuerte será el golpe cuando la realidad pida cuentas y explicaciones.
Más casos
Cliché para discusiones: «Solo los tontos están seguros de lo que dicen». La gravedad semántica: ¿estás seguro de eso? Si lo estás, entonces eres, según tu propia definición, un tonto. Estas seguro de que solo los tontos están seguros.
Cliché de superioridad moral: «No hay que juzgar a los demás». La gravedad: al decir esto, se está emitiendo un juicio moral sobre las personas que juzgan, incurriendo en la misma conducta que condenas. Se juzga que no se debe juzgar a los demás.
Cliché literario: «El lenguaje no sirve para comunicar la realidad». La gravedad: si eso fuese verdad, nadie habría podido entenderse la frase, por lo que el lenguaje sí habría cumplido su función.
Cliché de negocios: «Lo único constante es el cambio». La gravedad: si el cambio es lo único constante, entonces hay algo que no cambia: el hecho de que todo cambia.
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Cliché político clásico: «La voz del pueblo es la voz de Dios». La gravedad semántica: si lo que la mayoría decide es siempre «lo correcto» o «la verdad», entonces no existen los derechos de las minorías ni la verdad científica. Si el 90% de la población votara que la gravedad no existe, según este cliché, la gravedad debería desaparecer.
Cliché político saludable: «Prohibido prohibir». La gravedad: para que la regla «prohibido prohibir» se cumpla, primero debes prohibir el acto de prohibir. Absurdo.
Cliché popular: «El fin justifica los medios». La gravedad: si los medios son inmorales, corrompen el fin. Un estado de paz logrado mediante el terror no es paz, es miedo.
Cliché de mercado: «El cliente siempre tiene la razón». La gravedad: si el cliente pide algo que arruina el negocio, darle la razón significa que el negocio deja de existir para servirle.

Un hombre gritaba en la plaza que las palabras no tienen significado.
Cuando la multitud le ignoró, se enfadó porque nadie comprendió su mensaje.
Divagación
Dése la frase «Toda regla tiene su excepción» a los siguientes personajes. Quizá éstas habrían sido sus observaciones (con el perdón de todos ellos).
Rocky Balboa
«A ver, espera… me he perdido. Si dices que todas las reglas tienen un fallo, entonces esa frase es una regla, ¿no? O sea, que esa regla también tiene que fallar. Y si falla, significa que hay reglas que no tienen fallo. ¡Madre mía, me duele la cabeza más que cuando Apollo me dio aquel directo en el quince! Es como si te digo que «nadie puede aguantar diez asaltos», pero yo los aguanto. Entonces lo que he dicho es mentira. Mira, chico, déjate de líos: en el ring, si te bajan la guardia, te pegan. Esa es la única regla que no tiene excepción, y si no me crees, mírame la nariz».
William Shakespeare
«¡Oh, qué ponzoña se oculta tras tan dulce sentencia! Es una serpiente que se muerde la cola en un círculo de eterna locura. Si afirmas con tal brío que la excepción es ley universal, estás dictando una sentencia que se suicida al nacer. Es como el amante que jura: «siempre te seré infiel»; si cumple su palabra, es fiel a su promesa, y si es fiel, ¡entonces ya ha roto su regla de infidelidad! Es una comedia de enredaderas donde la razón queda colgada del cuello por su propio cordel».
Miguel de Cervantes
«Mirad, Sancho, que os lo tengo dicho: no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sacados de la misma experiencia. Pero este que traéis hoy es un refrán endemoniado. Porque si toda regla tiene excepción, y esta es la regla de las reglas, ha de tener ella misma una excepción que sea una regla sin excepción. ¿Me seguís, Sancho? ¿O estáis pensando en las alforjas? Es un castillo de naipes: si tocas una carta, se viene abajo toda la caballería. Es querer decir mucho sin decir nada, como el hidalgo que presume de linaje pero no tiene para garbanzos».
Leo Harlem
«¡Pero qué manía con las frases de filósofo de sobremesa! «Toda regla tiene su excepción». ¡Y te quedas tan ancho! Eso lo sueltas tú para saltarte la dieta o para aparcar en el vado de la pescadería, no me jodas. Porque si esa frase es verdad, entonces hay una regla por ahí que es perfecta, ¿no? Y si hay una regla perfecta, ¡entonces tu frase ya es mentira! Es que nos encanta complicarnos. Es como el que va al gimnasio y dice: «yo entreno todos los días menos los que no me apetece». ¡Pues ya está, di que eres un vago y tómate un torreznito, que ahí no hay excepción que valga!».
Conclusión
El principio de gravedad semántica apunta al uso de frases hechas, clichés y lugares comunes que las personas usan suponiendo un significado sabio y profundo, pero que después de examinarse resultan vacías de ese significado. Caen por su propio peso (o quizá, mejor, flotan desapareciendo en los aires).
Son casos de atajos mentales, muy fáciles de expresar, especialmente porque simplifican las explicaciones. Además, persiguen el alivio de una posición aprobada por el resto que tampoco tiene intenciones de rigores científicos ni lógicos.
Hay en este principio un método accesible a cualquiera que crea la sensación de seguridad en un campo desconocido, sin que se necesite pensarlo dos veces. Aunque la expresión caiga por su propio peso, nadie lo notará, creando así elefantes en la sala.
Como quizá lo explicaría un académico, el uso de estructuras verbales prefabricadas (clichés) actúa como un amortiguador ante la complejidad analítica, resultando en una colisión inevitable contra el principio de no contradicción al momento de su ejecución práctica. Es una suspensión del juicio crítico que prioriza la economía del pensamiento sobre la coherencia sistémica, permitiendo al individuo habitar un ecosistema de creencias que son, por definición, autorreferencialmente nulas, donde el cliché funciona como un dispositivo de seguridad ontológica que previene el colapso del diálogo, a pesar de que su contenido subyacente sea un vacío lógico que invalida las premisas de su propio emisor.
O, como lo resumió alguien menos docto: los humanos decimos muchas idioteces y no nos damos cuenta de ellas.
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