La ley del bolsillo ajeno

una colección de filósofos antiguos y medievales a los que sigue un elefante.

No es que sea invisible este elefante en la sala, es que no se quiere ver. En el siglo XVI, Juan de Mariana, escribió esto.

«No hay cosa más costosa que lo que se compra con el dinero del pueblo, porque el que lo gasta no siente el trabajo de ganarlo, ni el que lo recibe agradece el beneficio, sino que pide siempre más». Reflexión sobre el abuso de los impuestos y la moneda de vellón.

«Dinero del común, dinero de ningún; todos a pedir, ninguno a repartir».

«El gasto público tiende a infinito porque el político que lo firma nunca es el que lo ingresa».

La ley del bolsillo ajeno: mal gasta quien gasta dinero que no es suyo en personas que no conoce.

«Es fácil ser generoso con la capa del vecino».

representación de caza en pintura rupestre con un elegante al que no se pone atención

Escenario: Un rincón sombreado del Ágora. Sócrates observa a Manolo y Carmen, quienes discuten acaloradamente sobre el uso del tesoro público.

Manolo: Pero Carmen, entiende que solo a través de un tesoro generoso puede la ciudad construir grandes acueductos. ¡El gasto del gobierno es el motor de la justicia!

Carmen: Te equivocas, Manolo. Cuando el dinero pasa por tantas manos, se evapora. Un gobierno pequeño es un gobierno que no roba el fruto del trabajo ajeno.

Sócrates: Amigos míos, vuestra disputa es tan antigua como las piedras de este templo. Decidme, antes de seguir, ¿nadie va a mencionar al elefante en la sala? Esa verdad tan grande y pesada que llena este espacio y que todos los que quieran verla ya la conocen: que el hombre no trata igual lo propio que lo ajeno. Examinemos la naturaleza del acto de gastar.

Manolo: Siempre es un placer escucharte, maestro.

Sócrates: Bien. Imaginad cuatro situaciones. Manolo, supongamos que tienes una moneda de plata y quieres comprarte una túnica para ti mismo. ¿Cómo actuarías?

Manolo: Buscaría la mejor calidad, pero regatearía hasta el último óbolo.

Sócrates: Exacto. Buscas máxima calidad al menor precio. Pero ahora, Carmen, supongamos que usas tu moneda para comprarle una túnica a un primo lejano. ¿Sería igual?

Carmen: Cuidaría mi moneda, Sócrates, pero la calidad sería secundaria mientras el regalo cumpla su función.

Sócrates: Así es. El ahorro es prioritario. Pero consideremos ahora a Manolo con una bolsa de oro del tesoro público para que coma en un banquete lo que desee. ¿Qué pedirías?

Manolo: ¡El vino de Quíos más caro! No sale de mi bolsa, ¿para qué privarme?

Sócrates: He aquí la tercera forma: el dinero de otro en ti mismo. Buscas el máximo lujo sin importar el costo. Pero llegamos al punto crítico. Imaginad que a Manolo se le encarga comprar túnicas para mil ciudadanos desconocidos, usando el dinero que le hemos cobrado a Carmen en impuestos. Dime, Manolo, ¿sentirías el mismo dolor al entregar las monedas? ¿Te tomarías la molestia de comprobar la calidad de cada prenda?

Manolo: Siendo honesto, no. El dinero no es mío y yo no vestiré esas túnicas.

Sócrates: Ahí lo tenéis. Es el segundo elefante en la sala del que os hablaba; una realidad que está frente a vuestras narices y que cualquiera que quiera verla la reconoce al instante: el Estado es un administrador que gasta dinero que no le pertenece en personas que no conoce. ¿Cómo esperáis entonces que sea eficiente?

Manolo: Me dejas pensativo, Sócrates. Según tu lógica, el desinterés es la base del sistema.

Sócrates: El sabio no solo mira la intención, sino de dónde viene el oro y hacia dónde fluye. Solo así se entiende por qué un hombre cuida su lámpara de aceite, pero deja que las antorchas de la ciudad se apaguen bajo la lluvia.

¿Cómo expresarían esta ley otras personas famosas? Pulse aquí.

Don Quijote de la Mancha (Cervantes): «¡Válame Dios, Sancho! Que es fácil ser rumboso con la bolsa del vecino y llamar «justicia» a lo que no es sino repartir lo que no se ha sudado. Desconfía de quien ofrece banquetes con el trigo de otros, pues su generosidad es tan flaca como mi Rocinante».

Groucho Marx: «¡Estos son mis principios sobre el gasto! Pero si no le gustan… tengo estos otros pagados íntegramente por usted. No se preocupe por la cuenta: la pagaremos con el dinero de ese señor de la última fila que todavía no se ha dado cuenta»

Yoda (Star Wars): «Dinero ajeno gastar, en manos desconocidas terminar. Por ese camino, al lado oscuro del déficit llegarás. El esfuerzo del trabajo, sentir debes, para el valor del crédito comprender».

La ley del bolsillo ajeno: mal gasta quien gasta dinero que no es suyo en personas que no conoce.

El valor de una moneda decae exponencialmente según aumenta la distancia entre el sudor que la ganó y la mano que la recibe.

Seis imágenes de elefantes de frente en una ilustración al estilo de Andy Warhol

Como hemos visto a través de la lógica socrática, la eficiencia no depende de la «bondad» de los gobernantes, sino de la estructura de sus incentivos.

Cuando el sistema opera en la Categoría IV (dinero ajeno para otros), el despilfarro no es un error de cálculo, sino una consecuencia inevitable de la falta de responsabilidad directa sobre el recurso y el resultado. La ley del bolsillo ajeno es inevitable: mal gasta quien gasta dinero que no es suyo en personas que no conoce.

En otras palabras, el elefante en la sala es que el Estado es un administrador que gasta dinero que no le pertenece en personas que no conoce; el despilfarro no es un error, es el diseño del sistema.

Pulse aquí para la referencia bibliográfica

Para profundizar en esta clasificación y en la filosofía económica que la sustenta, puede consultar la obra fundamental donde se popularizó esta matriz: Friedman, M., & Friedman, R. (1980). «Libre para elegir» (Free to Choose). Ediciones Orbis / Harcourt Brace Jovanovich.Nota: Especialmente el Capítulo 4, donde se analiza cómo el gasto gubernamental tiende a desplazarse hacia las categorías menos eficientes.

Referencias

Como lo expresó Daniel Lacalle: «El Estado no gasta su dinero, gasta el tuyo; y lo hace con la alegría de quien sabe que, si se equivoca, la factura la volverás a pagar tú».

Y lo que Lorenzo Bernaldo de Quirós describió como una alquimia inversa: «El gasto público es el único mecanismo capaz de convertir el oro de los ciudadanos en plomo administrativo».


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