La ley del número necesario de árbitros

salón de baile del siglo 19 con dos elefantes all fondo en los que nadie pone atención

🐘 🐘 🐘 El progreso depende de cómo se asigna su recurso más valioso: el talento humano. Cuando se orienta a la creación de bienes y servicios la sociedad prospera. Cuando se dedica a la gestión gubernamental, el progreso disminuye.🐘 🐘 🐘

Si la gente necesita pan, el talento se convierte en panadería; si necesita tecnología, se convierte en ingeniería. Este ciclo crea un aumento constante en el bienestar general, definido aquí como la disponibilidad y accesibilidad de bienes y servicios que elevan la calidad de vida.

Pero un gobierno es un ente no productor de bienes de consumo. Si un ingeniero brillante diseña un motor más eficiente, está reduciendo los costos para todos. Si ese mismo ingeniero trabaja para el gobierno redactando regulaciones sobre motores, su talento ya no está produciendo un avance tangible, sino interviniendo la actividad de otros.

A medida que el talento se desplaza masivamente de la creación a la burocracia, el flujo de nuevos bienes y servicios disminuye, lo que inevitablemente reduce el bienestar general de la población. La riqueza de una nación no se mide por la complejidad de su burocracia, sino por la capacidad de sus ciudadanos para servirse unos a otros mediante el ingenio y el trabajo productivo.

Un caso real, el de la URSS

En este sistema, el Estado era, en la práctica, el único empleador. Millones de personas con un talento inmenso (ingenieros, científicos, matemáticos) fueron reclutados para trabajar en el aparato gubernamental, principalmente en la industria militar y la burocracia de planificación central.

Mientras la URSS enviaba el primer hombre al espacio (un logro de gestión estatal), su población civil sufría escasez crónica de bienes básicos como zapatos, papel higiénico o electrodomésticos eficientes.

El árbitro es necesario para que las reglas se cumplan en el fútbol, pero nadie paga una entrada para ver a muchos jueces ir de un lado a otro de la cancha. Lo mismo ocurre en la economía. El bienestar general nace del talento aplicado a resolver problemas ajenos mediante bienes y servicios tangibles. No tiene sentido un campo de juego donde solo hay seis jugadores y seis árbitros marcando las jugadas.

Cada vez que un joven con talento decide que su futuro está en una oficina de la administración pública, la sociedad pierde a un potencial productor de bienes. Su talento se usará para asegurar que se cumplan procesos que, a menudo, solo sirven para justificar la existencia de la propia oficina. El resultado es una sociedad con leyes impecables, pero con menos panaderos, programadores y médicos.

El gobierno no produce nada que los demás consuman voluntariamente. Un funcionario puede redactar un decreto sobre la calidad del trigo, pero no siembra ni cosecha. El bienestar general se mide en la abundancia de bienes disponibles (comida, tecnología, salud). Cuando el sector público crece, aumenta el número de personas que «consumen» esos bienes sin haber participado en su «creación».

Cuanto más pesada es la estructura del Estado, más recursos debe extraer de los pocos «jugadores» que quedan en el campo para mantener a un ejército de «árbitros». Al final, el jugador se agota de cargar con el peso del juez.

A medida que hay más personas trabajando en el gobierno, se crean más normas. Estas normas hacen que el trabajo productivo sea más difícil, lo que a su vez genera la «necesidad» de más funcionarios para supervisar esas nuevas dificultades. El bienestar no disminuye por casualidad; disminuye porque el talento se ha desplazado de la solución de problemas reales a la creación de obstáculos administrativos.

En otras palabras, nadie paga una entrada para ver un partido con seis jugadores y seis árbitros. El bienestar nace de quien produce el pan, no de quien inspecciona el horno con un formulario en la mano.

foto de campus universitario en el la gente no se da cuenta de que hay dos elefantes

Frédéric Bastiat: «El Estado es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a expensas de todo el mundo».

«En la mesa del Estado, todos quieren plato y ninguno el mandado»

Ludwig von Mises: «El burócrata se diferencia del productor en que no está al servicio de los consumidores, sino al servicio de sus propios reglamentos».

«El que vende mira al cliente; el que manda, al expediente»

Una pequeña comunidad aislada de 10 personas para ver la mecánica de la ley del número necesario de árbitros.

Etapa A: El Equilibrio Productivo. Las 10 personas usan su talento para producir: 4 cultivan alimentos, 3 construyen y reparan viviendas, 2 fabrican ropa y herramientas y 1 actúa como «Gobierno» (organiza la defensa y resuelve disputas). El 90% del talento genera bienes que todos consumen. El bienestar es alto.

Etapa B: La comunidad decide que necesita más control. El «Gobierno» crece y contrata a 4 personas más para redactar leyes sobre cómo plantar, inspeccionar las casas y llevar registros de la ropa. Ahora: 2 cultivan alimentos, 2 construyen viviendas, 1 fabrica herramientas y 5 trabajan en el Gobierno. El talento dedicado a la producción ha caído a la mitad. Aunque los 5 burócratas trabajen duro, sus papeles no se comen ni dan calor.

Conclusión: el elefante en la sala

El empobrecimiento no es un misterio de la providencia ni un error técnico en un informe. Es un hecho físico.

El bienestar de una nación se mide en pan, en zapatos y en techos; cosas que solo el esfuerzo humano puede crear.

Pero hoy, el talento se ha convertido en un recurso administrativo. Hemos aceptado que el ingenio de un hombre sea más útil sellando un formulario que construyendo una máquina.

Este es el elefante en la sala. Es una presencia masiva que todos ven, pero que el lenguaje oficial intenta ocultar bajo términos como «gestión» o «regulación».

Mientras discutimos sobre la inflación, el elefante devora la casa. La ley del número necesario de árbitros es, en realidad, la ley de la escasez: si todos vigilan y nadie produce, el resultado es el hambre legalmente aprobada.

La verdad es simple, y por ello es peligrosa: ningún decreto tiene el poder de hornear un solo pan. El progreso no nace de la tinta de un despacho, sino del servicio tangible al prójimo. El resto es solo propaganda.

¿Cuántos árbitros necesita una sociedad? Pocos, es obvio. Menos de los que ahora se sufren en todas partes. Diez por ciento de la población parece un máximo absoluto.


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