Miniteatro: hablando de inmigrantes

incluso frente a frente es arduo ver al elefante en la sala

Personajes:

  • Julián: Tabernero de unos sesenta años. Rostro curtido, movimientos precisos y una calma que impone respeto. Viste un delantal con manchas que cuentan historias de décadas.
  • Mateo: Joven de veintitantos, vestido con cierta elegancia bohemia. Gesticula mucho, sus ojos brillan con una intensidad casi febril.
  • Samuel: Inmigrante de mediana edad. Viste ropa de trabajo manchada de tierra. Su presencia es sólida, silenciosa y digna.
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La iluminación: Debe ser claroscuro. Un foco cálido sobre la barra donde discuten y sombras profundas en el resto del local. Esto refuerza la idea de que la taberna es un refugio, un lugar de paso donde la verdad se dice de frente.
El sonido: De fondo, muy sutil, el sonido de una tormenta lejana o el viento golpeando las maderas. Esto acentúa la sensación de que fuera hay un mundo hostil y dentro se está debatiendo la base de la civilización.
El vestuario: * Mateo debe llevar una bufanda o una prenda que denote que no ha trabajado la tierra; algo que se vea impecable pero fuera de lugar en una taberna de pueblo.
Samuel debe llevar la tierra del camino impregnada; no es suciedad, es el testimonio de su esfuerzo. Julián debe tener las mangas remangadas, mostrando unos antebrazos que han cargado barriles y servido a mil desconocidos.


Escena única

(Interior de una taberna rústica. Madera oscura, luz cálida de atardecer. Julián limpia un vaso con un trapo blanco detrás de la barra. Mateo está sentado en un taburete, inclinado hacia adelante con vehemencia).

Mateo: (Golpeando suavemente la madera) No lo entiendes, Julián. El mundo es una sola casa. Exigirles «obligaciones» es ponerle vallas al espíritu humano. Vienen huyendo del horror; lo único que debemos pedirles es que se dejen abrazar.

Julián: (Sin dejar de pulir el cristal) Abrazar está muy bien para los domingos, muchacho. Pero el lunes la gente tiene la manía de querer desayunar. Mira, ese mostrador que tocas no se mantiene derecho por «buena voluntad», sino porque las patas aceptan la ley de la gravedad. El que llega a una casa nueva no solo entra en un salón, entra en un delicado equilibrio de manías.

Mateo: ¡Qué pragmatismo tan frío! Hablas de leyes y equilibrios mientras hay personas buscando identidad. Su única obligación debería ser ser felices y libres.

Julián: (Suelta una risita seca) La identidad no es un hongo que crece solo en la humedad, hijo. Se construye con el roce. Si yo voy a tu casa y me empeño en cocinar con carbón en mitad de tu alfombra porque «así lo hacía mi abuelo», no soy un espíritu libre; soy un invitado molesto. La primera obligación de quien llega es aprender a leer el aire del sitio que lo recibe. No se trata de olvidar quién eres, sino de entender dónde estás.

Mateo: Pero pedirles que se adapten a la fuerza es una forma de violencia cultural. Deberíamos ser nosotros quienes nos adaptáramos a su riqueza.

Julián: (Apoyando los codos en la barra) La cortesía no es violencia, es el aceite de la convivencia. Si tú vienes a mi taberna y pides un vaso de agua, te lo doy de mil amores. Pero si pretendes que cambie el horario de cierre porque en tu pueblo se cena a las tres de la mañana, vas a dormir en la calle. El inmigrante tiene la obligación moral de ser un buen vecino antes que un buen ciudadano. Y eso pasa por respetar las reglas que hacían que este lugar fuera el sitio al que él quería venir.

Mateo: (Suspira, derrotado momentáneamente) Es que me parece que les pides que renuncien a su esencia para encajar en tu molde.

Julián: Para nada. Solo les pido que no confundan la libertad con el derecho a no ser cuestionados. El respeto es un puente que se construye desde los dos lados. Si ellos no ponen su piedra —la de aprender el idioma, la de entender nuestras normas—, el puente se cae. Y cuando el puente se cae, Mateo, los que más sufren son los que están cruzando, no los que ya estamos en la orilla.

Mateo: (Tras una pausa, dando un sorbo a su vino) Acepto lo del puente. Pero un puente no se sostiene solo con los que cruzan. Los que estamos aquí, mirando desde la barandilla, ¿qué? ¿Nuestra única labor es vigilar que traigan los papeles en regla?

Julián: El anfitrión que solo abre la puerta para cobrar el alquiler no es un anfitrión, es un usurero. Nuestra obligación no es solo dejarles pasar, sino asegurarnos de que el suelo que pisan sea firme. No puedes pedirle a alguien que aprenda a bailar si le estás poniendo zancadillas.

Mateo: ¡Exacto! Les exigimos que se integren, pero les damos los trabajos que nadie quiere. Les pedimos que sean como nosotros, pero les recordamos a cada paso que nunca lo serán.

Julián: La integración es como un matrimonio de conveniencia que debe acabar en uno de amor. Nuestra obligación es la claridad. No hay nada más cruel que la falsa hospitalidad. Si les decimos que son bienvenidos, debemos ofrecerles las mismas reglas de juego que a nuestros hijos. Ni privilegios por lástima, ni zanjas por miedo. El miedo nos hace tratar a los hombres como si fueran estadísticas.

(Se escucha el chirrido de la puerta. Entra Samuel. Camina con pesadez hacia su rincón habitual. Julián le sirve un cuenco de guiso y pan sin que medie palabra).

Samuel: Buenas tardes, Julián. Lo de siempre, si queda algo.

Julián: Estábamos aquí arreglando el mundo, Samuel. Este muchacho dice que vuestra única obligación es ser libres. Yo digo que vuestra obligación es aprender a ser de aquí sin dejar de ser de allá. ¿Tú qué dices?

Samuel: (Soplando el vapor de su cuchara) La libertad pesa mucho cuando no tienes donde apoyarla, joven. Mi obligación no es ser un símbolo, es ser un hombre que no avergüence a los suyos ni moleste a los ajenos. Vine aquí porque en mi tierra el suelo se abría bajo mis pies. Mi deber es que, cuando yo pase por la calle, nadie tenga que cerrar su ventana.

Mateo: ¿Y nuestra obligación hacia ti?

Samuel: (Señalando el cuenco) Mire esto. Julián me cobra el guiso al mismo precio que a usted. Su obligación es la indiferencia justa. No quiero que me miren con lástima, porque la lástima es una forma de decirme que soy inferior. Solo quiero que me miren como a alguien que paga su cuenta y cumple su turno.

Julián: (Triunfal, hacia Mateo) ¿Lo ves? El respeto más alto es el que se ofrece de igual a igual, no el que se regala como una limosna emocional.

Samuel: A veces, lo más revolucionario que pueden hacer por nosotros es dejarnos ser normales. Si me porto mal, júzguenme como a uno de los suyos; si me porto bien, déjenme vivir como a uno de los suyos. Todo lo demás son adornos que no alimentan.

(Samuel vuelve a su guiso. Mateo guarda silencio, observando el vapor que sube del plato. Julián retoma su trapo y el siguiente vaso).

TELÓN


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