La tolerancia se ha bifurcado en dos especies cómicas: el abrazo asfixiante que te obliga a aplaudir hasta el peinado del vecino, y la bendita indiferencia que te deja odiar en silencio mientras lees el periódico. Spoiler: la segunda nos salva de matarnos en la cena de Nochebuena.
La tolerancia es ese concepto de goma de borrar que hemos estirado tanto que ya no sabes si sirve para borrar tus miserias o para lanzárselo a la cabeza al de enfrente.
En este circo social coexistimos dos clases de especímenes: los que necesitan convertir la convivencia en una gala de Eurovisión con fuegos artificiales y los que solo pedimos que el resto de la humanidad exista a una distancia razonable de nuestros tímpanos.
El festival del entusiasmo obligatorio
En la primera esquina del cuadrilátero tenemos a la tolerancia entendida como majorette hiperactiva.
Aquí ya no basta con la elemental cortesía de no prenderle fuego al felpudo de tu vecino porque piense que la Tierra es plana; no, la doctrina actual exige que le organices un pasacalles, le compres un pastel de matcha y subas una foto a Instagram glosando la belleza poética de sus taras mentales.
Llevado al plano migratorio, este paternalismo con confeti es casi grotesco. Si llega alguien de una latitud lejana, el tolerante de fiesta no le ofrece un marco legal decente y paz; le exige que baile su folclore en el descansillo mientras engulle especias que le abrasan las papilas gustativas para demostrar su «apertura cultural».
Se reduce al ser humano a una simpática pieza de museo. A lo mejor el hombre solo aspiraba a ser un administrativo gris, pagar sus impuestos e ignorar a la comunidad de propietarios, pero hemos decidido que debe encarnar la sabiduría mística de los Andes.
La sagrada y reparadora indiferencia
En la otra esquina —donde nos sentamos los que apreciamos el silencio— habita la segunda versión: el sublime arte de que todo te importe un pimiento.
Esta postura asume una verdad antropológica incontestable: el planeta está atestado de gente con gustos deplorables, teorías disparatadas y estilismos que vulneran el Código Penal, pero tienen todo el derecho a existir mientras no nos pisen el pie.
En esta trinchera, la verdadera integración no es amarse con locura frenética, sino cruzarse en el ascensor, poner cara de póquer y no molestarse. Es el camarero que te sirve una caña sin hacerte un cuestionario sociológico sobre tus raíces o si la democracia te parece un concepto sobrevalorado.
Cero exotismo, pura transacción comercial. Se le concede al prójimo el derecho sagrado a ser tan mediocre y anodino como un nativo autóctono. Si la cocina de al lado huele a gato quemado, el héroe de la indiferencia no convoca una cumbre intercultural: se limita a encogerse de hombros y exclamar para sus adentros: «Menuda cerdería, pero allá películas».
El choque fronterizo
El drama estalla cuando los devotos del aplauso acusan a los apóstoles de la indiferencia de ser estatuas de hielo sin corazón.
Para los primeros, no rendir pleitesía es una agresión diplomática. Para los segundos, que te obliguen a celebrar una soberana tontería por imperativo legal es, sencillamente, de una ordinariez supina.
Nos debatimos entre transformar la sociedad en un festival donde todos debemos bailar la misma coreografía ridícula o en una biblioteca donde, mientras no grites ni comas pipas haciendo ruido, puedes leer la mayor basura literaria que se haya impreso jamás.
Y no nos engañemos: el auténtico síntoma de que una sociedad funciona es poder ignorar a alguien con absoluta y maravillosa naturalidad, haya nacido en Albacete o en la Luna.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Por qué la indiferencia se considera una forma de tolerancia activa?
Porque requiere el esfuerzo consciente de reprimir el impulso de corregir o juzgar al prójimo. Aceptar que los demás tienen derecho a cometer sus propios errores o tener gustos atroces sin que tú tengas que intervenir es el pilar de la cohesión social y el pluralismo ético.
¿Qué diferencia existe entre integración e hipervisibilización?
La integración busca la equiparación de derechos y la asimilación de pautas de convivencia dentro de la esfera pública básica. La hipervisibilización (o exotismo) transforma al individuo en un estereotipo cultural que debe ser exhibido y celebrado, privándole de su derecho a la individualidad y al anonimato.
¿Es compatible la tolerancia pasiva con el mantenimiento de las leyes comunes?
Absolutamente. La tolerancia como indiferencia no implica anarquía ni permisividad ante la vulneración de normas; establece que, mientras las acciones de un individuo no infrinjan la legalidad ni los derechos ajenos, sus costumbres, credos o estetizaciones privadas resultan irrelevantes para el Estado y la comunidad.
¿Cómo se distingue una tolerancia de la otra?
Tolerancia como aplauso obligatorio ss el mandato moral de celebrar, promocionar y validar activamente las diferencias del otro, convirtiendo la convivencia en una fiesta de la diversidad donde la neutralidad se castiga como agresión.
Tolerancia como bendita indiferencia es la práctica civilizada de dejar en paz al prójimo, concediéndole el derecho sagrado a tener costumbres o ideas que nos resultan espantosas, siempre que no nos moleste ni infrinja la ley.
Referencias bibliográficas
🐘 Gray, J. (2001). Two Faces of Liberalism. Polity Press. https://www.politybooks.com/bookdetail?book_slug=two-faces-of-liberalism–9780745623894
🐘 Savater, F. (2003). El valor de elegir. Editorial Ariel. https://www.planetadelibros.com/libro-el-valor-de-elegir/9138
🐘 Walzer, M. (1997). On Toleration. Yale University Press. https://yalebooks.yale.edu/book/9780300076004/on-toleration/
🐘 Los riesgos de la tolerancia según Kuehnelt-Leddihn
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