Un dialogo (desesperante) sobre la verdad

una colección de filósofos antiguos y medievales a los que sigue un elefante.

El escenario: el mármol del pórtico, testigo de siglos de pensamiento, parece ahora más frío. Crispín, con una sonrisa lánguida y la mirada perdida en su propia importancia, aguarda la siguiente pregunta como quien espera que le sirvan un café. Habla con Sócrates acerca de la verdad desde hace media hora, sin que parezca haber una comprensión mutua.

Sócrates: Crispín, amigo mío, intentemos una vez más acercarnos a la orilla del entendimiento. Si afirmas que la verdad es solo una construcción de tu grupo o de tu sentir, ¿no estás eliminando la posibilidad de que aprendamos algo el uno del otro? Si tu verdad es tuya y la mía es mía, estamos condenados a la soledad de dos monólogos que nunca se cruzan.

Crispín: Es que, Sócrates, buscar un punto común es, en el fondo, una forma de borrado. Tú quieres que yo ceda mi identidad para encajar en tu lógica falocéntrica. La verdad no se descubre, se autopercibe. Al final, lo que importa es que yo me sienta cómodo con mi relato. Todo fluye, y cada cual tiene su propia vibración.

Sócrates: (Con un tic en el ojo izquierdo) ¡Platón! ¡Por todos los dioses, deja de escribir esas cartas y ven aquí! Este joven ha convertido la dialéctica en un baño de espuma donde nada tiene forma.


Caverna con fuego sombras y personas al estilo de Platón

La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. (Antonio Machado)

No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni mayor ciego que el que cree que su reflejo es el mundo.

Platón: (Llegando con paso apresurado) Maestro, te escucho desde la esquina. Crispín, óyeme: si no existe una Verdad que trascienda tus sentimientos, ¿cómo podemos hablar de la Justicia? Si mañana la mayoría «siente» que la tiranía es su verdad, ¿te parecería bien solo porque es «su narrativa»?

Crispín: Eso es un reduccionismo muy tóxico, Platón. Estás proyectando miedos desde tu pedestal de privilegio. La justicia es simplemente el reconocimiento de mi derecho a no ser cuestionado. Si me cuestionas, me estás violentando. Hay que empatizar más y razonar menos, que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo que es, es… y lo que no, pues también. La importancia de la verdad ha sido exagerada por siglos.

Platón: (Llevándose las manos a la túnica) ¡Es inútil! No busca la luz del sol, solo quiere que el sol sea un foco que lo ilumine a él. ¡Aristóteles! ¡Ven pronto, que se nos deshace el mundo entre los dedos!

Aristóteles: (Apareciendo con una calma que empieza a flaquear) He oído suficiente. Crispín, si niegas que una cosa es lo que es, destruyes el lenguaje mismo. Si llamas «verdad» a un sentimiento pasajero y «opresión» a una suma aritmética, las palabras dejan de ser puentes para ser muros.

Crispín: Es que las palabras son etiquetas coloniales, Aristóteles. Tú quieres clasificar la vida, pero la vida es un arcoíris de infinitas posibilidades donde todas son válidas simultáneamente, aunque se contradigan. Si mi verdad de hoy no encaja con la de mañana, es que he evolucionado. Al final, lo que cuenta es ser auténtico con uno mismo.


Libro antiguo en latín con elefantes ocultos

Discutir con alguien que ha renunciado a la lógica es como administrar medicina a un muerto. (Thomas Paine)

Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad. (Confucio)

Aristóteles: (Cerrando sus cuadernos con un golpe seco) Señores, hemos llegado al final del camino. No se puede dialogar con quien ha renunciado a la ley de la identidad. Si todo es verdad, nada es verdad. Y si nada es verdad, la fuerza es lo único que queda para decidir quién tiene razón.

Platón: Tienes razón, Estagirita. Si la razón muere, la retórica del sentimiento se convierte en el arma de los demagogos. El diálogo es imposible porque Crispín no busca la verdad, busca el aplauso de su propio espejo.

Sócrates: (Con tristeza profunda) Lo más grave no es que seamos incapaces de convencerlo. Lo trágico es que, sin una base común, la ciudad se desmorona. Si el lenguaje se vuelve puramente subjetivo, la política ya no es el arte de la convivencia, sino la guerra de quien grita más fuerte su propia «herida».

Aristóteles: Vámonos. El silencio es la única respuesta lógica ante quien usa la palabra para vaciarla de sentido.

Crispín: ¿Se van así, sin más? Qué poco resilientes son. Les falta apertura mental y les sobra ego académico. Pero bueno, no pasa nada, yo me quedo con mi paz interior. ¡A falta de pan, buenas son tortas!

Los tres filósofos se retiran en un silencio fúnebre. Han comprendido que el fin de la civilización no empieza con el fuego, sino con la muerte de la palabra compartida. Mientras se alejan, Crispín se queda solo, repitiendo consignas al vacío, convencido de que su eco es, en realidad, una multitud que lo aclama.

Crispín se quedó solo en el pórtico. No sentía frío ni soledad, pues el lenguaje, despojado de su capacidad de herir con la realidad, se había convertido en una manta tibia y algodonosa. Los filósofos se habían marchado, pero eso no importaba: en su mundo, la ausencia de los otros era simplemente una forma distinta de presencia.


Las consecuencias de aquel diálogo fallido no se hicieron esperar; se propagaron como una neblina silenciosa que todo lo desdibuja. Los efectos de esos elefantes en la sala que tantos se rehúsan a ver, en su estampida, graves daños producen

La primera consecuencia fue la mutación de las palabras. Ya no eran flechas apuntando a objetos externos, sino espejos curvos. Verdad pasó a significar satisfacción inmediatajusticia se convirtió en el nombre que se le daba a la venganza emocional.

En este nuevo orden, el lenguaje no servía para comunicar, sino para protegerse del pensamiento. Se instauró una especie de neolengua del sentimiento donde era imposible expresar una idea compleja, pues cualquier intento de precisión era visto como un acto de crueldad. Las palabras se volvieron suaves, romas y huecas, diseñadas para no golpear nunca contra el muro de los hechos.

Puesto que Crispín habitaba un presente perpetuo donde todo era relativo y subjetivo, la historia dejó de existir. El pasado no era más que un vertedero de relatos que podían ser reescritos cada mañana según las necesidades del bienestar emocional del momento. Si los hechos del ayer resultaban incómodos para la verdad de hoy, se alteraban.

No hacía falta quemar libros; bastaba con declarar que su lectura era un espacio no seguro. La memoria colectiva se disolvió en una serie de impresiones inconexas, dejando a la sociedad sin brújula y sin raíces, flotando en un vacío donde el poder podía dictar cualquier nueva realidad sin temor a la contradicción.

La consecuencia final fue la más amarga. Al desaparecer la Verdad como juez imparcial, solo quedó la fuerza. Sin una lógica común a la que apelar, las disputas no se resolvían mediante la razón, sino mediante el volumen del grito o el peso de la masa.

La libertad de pensamiento se volvió irrelevante porque el pensamiento mismo se había vuelto fluido. La gente ya no era obligada a obedecer por la espada, sino por el miedo a ser excluida del sentimiento colectivo. En un mundo donde dos más dos podían ser cinco si eso ayudaba a la cohesión del grupo, la mente humana terminó por rendirse.

Al final, Crispín miró al sol. No vio una esfera de fuego, ni una idea de Bien, ni una masa de gas. Vio exactamente lo que el consenso de su burbuja le dictó que debía ver. Sonrió. La lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo. Amaba a la Gran Narrativa.


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