El complejo de Lennie

los elefantes bajo diversas apariencias camaleónicas

Mira, hazme caso, la cosa es simple: el Estado es como ese primo grandulón y bonachón que todos tenemos, un tipo como Lennie, el del libro. Tiene el corazón de oro, pero unas manos que parecen mazos de hierro. La dificultad no es que quiera hacerte daño; el problema es que te quiere demasiado. A eso, me cuentan, lo llaman el complejo de Lennie.

Si dejas que el Gobierno te organice hasta el color de los calcetines porque «es por tu bien», vas a acabar como el ratón de la fábula. El tipo te va a meter en su bolsillo para que no pases frío, te va a dar palmaditas de cariño para que no llores y, cuando te quieras dar cuenta, te habrá crujido las costillas sin querer, pero por amor.

¿Quieres un consejo de quien sirve vino y escucha gente? Al Estado hay que tenerlo como al perro guardián de la puerta: que ladre si viene un ladrón, pero que no se meta en la cocina a decirte cómo se guisan las lentejas. Porque en cuanto el perro se cree el dueño del menú, acabas comiendo pienso. Y lo peor es que espera que le des las gracias mientras te asfixia con su «protección».


En la literatura, pocos personajes son tan entrañables y tan aterradores como Lennie Small, el protagonista de De ratones y hombres (1937) de John Steinbeck.

Lennie es un hombre de dimensiones colosales, fuerza sobrehumana y una mente infantil. Su único deseo en la vida es «vivir de la grasa de la tierra» y acariciar cosas suaves. Pero hay un problema: Lennie no conoce su fuerza.

Al intentar demostrar afecto a un ratón, a un cachorro o al cabello de una mujer, termina rompiéndoles el cuello. Lo que Lennie ama, Lennie lo destruye por puro exceso de proximidad.

Ficha de personaje: Lennie Small

  • Ocupación: Jornalero de fuerza hercúlea y nula malicia.
  • Hobby: Acariciar cosas suaves (ratones, cachorros, vestidos, cabellos).
  • Problema diagnóstico: No conoce su propia fuerza.
  • Trágico desenlace: Su deseo de proteger y estar cerca de lo que ama es tan desproporcionado que, ante el menor sobresalto, aprieta demasiado. Resultado: lo que ama deja de respirar.

Wilhelm von Humboldt, en Los límites de la acción del Estado (escrita hacia 1792), parece haber anticipado este «complejo de Lennie» aplicado a la política. El gigante que por amar termina matando a eso que ama.

Para él, un gobierno que intenta ser el tutor constante de sus ciudadanos, proveyéndoles bienestar, educación y moralidad, actúa exactamente como el gigante de Steinbeck. El Estado, con su maquinaria burocrática y su fuerza coercitiva, es un ente demasiado pesado para la delicadeza del espíritu humano.

El Estado que nos ama, que quiere nuestro bienestar, con su poder y fuerza, sin quererlo y deseando nuestro bien, acaba con nosotros, nos extingue en sus brazos. Otro elefante en la sala y que no se ve porque se niegan a verlo a pesar de su tamaño. Y lo hace de varios modos.

La atrofia de la voluntad

Humboldt sostiene que el fin del hombre es el desarrollo de sus facultades en su «propia y peculiar individualidad». Para que esto ocurra, se necesitan dos cosas: libertad y variedad de situaciones.

Cuando el Estado interviene para «ayudar» al ciudadano, eliminando las dificultades de la vida, le está robando la oportunidad de fortalecerse. Es el complejo de Lennie: el Estado quiere que seas feliz y que no te falte nada, pero al darte el alimento ya masticado, atrofia tus músculos morales. El ciudadano se convierte en una mascota del sistema.

Como dijo Humboldt: «El Estado debe abstenerse de todo cuidado por el bienestar positivo de los ciudadanos y no dar un paso más allá de lo necesario para garantizar su seguridad». Cualquier paso adicional es un apretón de manos que termina en fractura.

El peligro de la uniformidad

Lennie soñaba con una granja donde todos los conejos fueran suaves y estuvieran bajo su control. El Estado excesivo tiene un sueño similar: la uniformidad.

Para gestionar a millones, el gobierno necesita que todos se comporten de forma previsible. Humboldt advertía que esta estandarización es la muerte de la cultura.

Un pueblo donde todos reciben la misma educación estatal y dependen de los mismos subsidios termina siendo una masa gris. El complejo de Lennie que padece el Estado busca alisar las diferencias, pero en el proceso, asfixia y mata la chispa que hace que una sociedad sea vibrante.

La seguridad como única correa

¿Significa esto que debemos vivir en la anarquía? No. Incluso Lennie necesitaba a George para que lo guiara. Humboldt concede que el Estado tiene una función legítima: la seguridad.

El gobierno debe ser el guardián que impide que unos dañen a otros, pero nada más. Si el guardián empieza a querer elegir tu ropa, tus lecturas, tu vocabulario o tu dieta «por tu propio bien», ha cruzado la línea. Se ha convertido en el gigante que, queriendo peinarte, te arranca el cuero cabelludo.

En conclusión, la libertad humana es ese «ratoncito» que Lennie lleva en el bolsillo: es frágil, escurridiza y requiere espacio. Si permitimos que el Estado sea nuestro tutor universal, terminaremos como las víctimas de Lennie Small: muy bien cuidadas, muy queridas, pero lamentablemente inertes.

Citas de Wilhelm von Humboldt

«La verdadera razón por la que el Estado no debe intentar aumentar el bienestar positivo de los ciudadanos es que tal vigilancia tiende inevitablemente a reprimir la libertad».

«El hombre que es dirigido a menudo llega a descuidar voluntariamente el resto de sus facultades… confía en la mano ajena que lo guía».

«La variedad es el bien más excelso que puede extraerse de la vida social, y esta variedad se pierde siempre en la medida en que el Estado interviene».

Pulse aquí para bibliografía

Humboldt, W. v. (1988). Los límites de la acción del Estado. Tecnos. (Original publicado en 1851, escrito en 1792).

Steinbeck, J. (1937). De ratones y hombres (Of Mice and Men). Varias ediciones.

Un gobierno que intenta abarcarlo todo es exactamente como Lennie. No es que el Estado sea necesariamente «malo» o «malvado»; es que es demasiado grande y torpe para la delicadeza y finura de la naturaleza humana.

Cuando el Estado se mete a organizar la beneficencia, la educación o la economía, lo hace con la buena intención de «cuidar» al ciudadano. Pero, al igual que Lennie con su cachorro, ese cuidado excesivo anula la facultad de actuar por uno mismo.

Lennie quiere que todos sus conejos sean iguales y estén en su sitio. El Estado excesivo busca lo mismo: la uniformidad. Humboldt decía que la verdadera riqueza humana radica en la diversidad de situaciones. Cuando el gobierno impone reglas generales para «ayudarnos», elimina las diferencias individuales.

El mayor temor de Humboldt no era el tirano que te golpea, sino el gobernante «bondadoso» que quiere decidir qué es lo mejor para ti. 

¿Por qué? Porque en el momento en que el Estado intenta hacerte feliz a la fuerza, rompe el juguete. La libertad es un cristal fino; el Estado tiene manos de plomo.

El complejo de Lennie

La próxima vez que escuches a un político prometer que el gobierno se encargará de absolutamente todo para que no tengas que preocuparte por nada, imagina a Lennie acercándose a un conejo con una sonrisa tierna.

El exceso de gobierno convierte al ciudadano en un ser pasivo, una mascota que, de tanto ser protegida, acaba perdiendo la capacidad de vivir por su cuenta.

Humboldt lo tenía claro: el mejor gobierno es el que vigila la seguridad para que nadie te asalte, pero que tiene las manos bien guardadas en los bolsillos cuando se trata de tu desarrollo personal. Mejor lejos que demasiado cerca.


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