Si pones a un político a gestionar una empresa de sillas, acabarás pagando impuestos por sillas triangulares que no sirven ni de pisapapeles. Los particulares gestionan infinitamente mejor los bienes privatizables gracias a la maravillosa amenaza de la quiebra. El Estado, en cambio, solo sirve para lo que nadie más quiere pagar (como la defensa nacional o la justicia). Spoiler: la evidencia histórica deja claro que dejarlo todo en manos del aparato estatal es el camino más rápido para arruinar una nación. Esto es otro elefante más en la sala, la ley del mejor gestor.
¿Quién administra mejor tus garbanzos, tu salario o el petróleo de la patria: un funcionario con plaza fija o un tipo que se juega su propio bolsillo? Si le preguntas a la teoría económica clásica, la respuesta siempre es un elegante y cobarde «depende». Pero no nos engañemos, la realidad es bastante más despiadada.
El Estado: gestor del bien común
Las doctrinas centralistas buscan concentrar la administración de muchos o todos los recursos y riqueza en una entidad poderosa: el Estado. Presuponen que los gobiernos son mejores gestores de los recursos que los particulares.
Argumentan ellos que los políticos tienen la capacidad de mirar a largo plazo y ejecutar proyectos de infraestructura masiva que no son rentables de inmediato. Además, dicen, los gobernantes evitan las exclusiones: un hospital público no te pide una tarjeta de crédito antes de suturar una herida. Más aún, gestionando los recursos sociales, los gobernantes combaten la desigualdad.
A pesar de lo anterior, es real que si un funcionario malgasta presupuesto, rara vez pierde su patrimonio; simplemente pide más impuestos o emite deuda. Esto suele derivar en burocracia elefantiásica y falta de innovación. El gasto público no se ejerce con los incentivos adecuados de prudencia, riesgo y beneeficio.
Peor aún, los recursos en manos de los políticos tenderán a ser usados más en beneficio propio que ajeno. Sin olvidar que la concentración de grandes recursos en una institución que tiene el monopolio de la fuerza es un desequilibrio peligroso de la división del poder.
Los particulares: gestores/creadores de la riqueza
La ley del mejor gestor indica que hay otra posibilidad, que los mejores sean los ciudadanos, un gran número de personas que con independencia, formando asociaciones mercantiles, gestionan los recursos que ellos crean.
El incentivo del beneficio personal obliga a la optimización. Si un empresario desperdicia madera haciendo sillas que nadie quiere, quiebra. Esa disciplina del mercado purga la ineficiencia de forma natural.
El enfoque en el corto plazo y en la rentabilidad puede generar externalidades. Una fábrica puede ser muy eficiente produciendo químicos, pero pésima administradora del aire limpio si decide verter residuos al río para ahorrar costes.
La innovación y las mejoras serán más abundantes por aprovechar los talentos y experiencias de millones de personas, un depósito de inteligencia que se desaprovecha con la opción gubernamental.
La ley del mejor gestor: ninguno es perfecto
Se seleccione una u otra opción, la realidad indica que ni el gobierno ni los particulares serán alternativas perfectas. Ambos, políticos y ciudadanos son seres con vicios y virtudes, por lo que la gestión de ninguno será la ideal sin defectos.
Evidencias: ¿Quién gana la partida?
La historia y la teoría económica ofrecen datos interesantes para inclinar con fuerza la balanza.
1. La tragedia de los comunes. Cuando un recurso no tiene dueño (es de «todos»), tiende a ser sobreexplotado. La evidencia muestra que la propiedad privada suele gestionar mejor los recursos naturales limitados (como bosques o bancos de pesca) porque el dueño tiene un interés directo en que el recurso siga siendo productivo mañana.
2. El problema del cálculo económico. Ludwig von Mises argumentó que, sin precios de mercado, el Estado camina a ciegas. Sin saber cuánto cuesta realmente producir un tornillo en comparación con un clavo, la planificación central acaba en anaqueles vacíos o excedentes inútiles. Las economías que transitaron del control estatal al mercado (como China tras las reformas de Deng Xiaoping o Vietnam con el Doi Moi) experimentaron explosiones de riqueza sin precedentes.
3. Monopolios naturales y bienes públicos. En sectores como la defensa nacional, la justicia o la protección de la capa de ozono, los particulares fallan. Nadie pagaría voluntariamente por un faro costero si sabe que puede usar su luz gratis si lo paga el vecino. Aquí, la administración estatal es, por evidencia histórica, la única viable.
El veredicto
La evidencia sugiere que los particulares son superiores administrando recursos privatizables y competitivos, mientras que el gobierno es un mal administrador de empresas, pero un regulador a veces necesario para los recursos colectivos.
Los países con mayor calidad de vida no eligen uno sobre otro, sino que usan al Estado para marcar reglas sencillas del juego y a los particulares para jugarlo. Algo que, como el elefante en la sala. es visto cuando se quiere ver.
En bienes de consumo (celulares, comida, ropa): Los particulares son por mucho el mejor gestor. La rapidez con la que el mercado detecta lo que la gente quiere es imposible de replicar por un ministerio. Y el uso de recursos es el más eficiente.
En recursos «únicos» (justicia, aire, defensa, diplomacia, emisión de leyes, policía, emisión de dinero): El Estado es el administrador acostumbrado. Un ejército privado o una justicia o emisión de moneda que dependa del mejor postor, aunque posibles, quizá sea estirar demasiado el elástico.

La ley del mejor gestor 1: dejar en manos particulares los recursos para generar riqueza y prosperidad crecientes.
Ley del mejor gestor 2: considerar a la opción del gobierno como gestor de recursos solo como la última y menos frecuente posibilidad.
El riesgo del «estiramiento» estratégico
La ley del mejor gestor está amenazada cuando un gobierno define «estratégico» de forma laxa para hacerse cargo de, por ejemplo, el petróleo.
Si el Estado declara el litio, la telefonía o incluso la producción de granos como estratégicos, no lo hace por seguridad nacional. A veces es una vía para acumular poder económico a su ya grande poder político.
Un particular invierte pensando en los próximos veinte años para recuperar su dinero. Un político suele gestionar pensando en los próximos cuatro para ganar las siguientes elecciones. Esto provoca que se extraiga el máximo valor del recurso hoy (para financiar gasto público o subsidios) descuidando el mantenimiento y la exploración de mañana.
Sin la amenaza de la quiebra, las empresas estatales estratégicas tienden a inflar sus plantillas laborales por razones clientelares. El recurso deja de ser una fuente de riqueza para la nación y se convierte en un pozo de subsidios que drena el presupuesto público.
El problema no es que un recurso sea importante, sino quién asume las pérdidas cuando la gestión falla. En el sector privado, pierde el accionista; en el estratégico estatal, perdemos todos.
O como quizá Shakespeare hubiera puesto en boca de las tres brujas: Dobla, dobla, fatiga y lamento; fuego que quema el tesoro del viento. Lo que es de todos, de nadie es cuidado, lo que el Rey toca, queda agostado. Huid del decreto que el campo marchita, pues donde el Estado su garra ejercita, la espiga se quiebra, la bolsa se vacía, y el hambre corona la negra porfía. ¡Sea el particular quien labre su suerte, o el Reino será solo un valle de muerte!

No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de su preocupación por su propio interés. — Adam Smith
Nadie gasta el dinero de otro tan cuidadosamente como gasta el suyo propio. Si quieres eficiencia, asegúrate de que quien toma las decisiones sufra las pérdidas. — Milton Friedman
Donde no hay mercado de capitales, no hay sistema de precios; donde no hay sistema de precios, no hay cálculo económico. — Ludwig von Mises
Preguntas Frecuentes (FAQ)
Principalmente por el sistema de incentivos y la amenaza de quiebra. Un empresario arriesga su propio patrimonio y debe ofrecer productos que la gente desee comprar a un precio competitivo. Si falla, desaparece. El sector público no sufre el riesgo de quiebra, por lo que tiende a la ineficiencia y a cubrir sus pérdidas mediante más impuestos.
Sí, en la provisión de bienes públicos puros y no excluibles donde el mercado falla por falta de incentivos de rentabilidad directa. Ejemplos claros son la defensa nacional, el sistema judicial, la diplomacia y alguna regulación básica marco para evitar externalidades negativas severas.
Suele derivar en una politización de la gestión. La toma de decisiones deja de responder a criterios de eficiencia o innovación a largo plazo y pasa a depender de intereses electorales a corto plazo, derivando habitualmente en sobrecostes, burocracia y un déficit cubierto con presupuesto público. Y corrupción.
Referencias bibliográficas
🐘 Smith, A. (1776). La riqueza de las naciones. W. Strahan & T. Cadell.
🐘 Von Mises, L. (1922). El cálculo económico en el sistema socialista. Ludwig von Mises Institute.
🐘 Friedman, M. (1962). Capitalismo y libertad. University of Chicago Press.
🐘 Huerta de Soto, J. (1992). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. Unión Editorial.
🐘 La ley del oropel de Potemkin
🐘 Destrucción creativa y destructiva
🐘 La gestión de la sociedad óptima imperfecta
🐘 Los impuestos son como parásitos
🐘 El lección de la gallina arruinada
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