Para entender por qué las malas ideas políticas no mueren
Si lanzaras una bomba atómica sobre la economía de un país, lo más probable es que, entre los escombros, solo queden dos cosas: las cucarachas y las ideas que causaron la explosión.
En el mundo de la política, existen ideas que han sido refutadas por la historia, aplastadas por los datos y desastradas por la práctica, pero que siempre encuentran la forma de regresar a la política con el cinismo del novato inocente que nunca ha hecho nada malo.
¿Qué es una idea cucaracha?
Para que una idea sea considerada una idea cucaracha, debe cumplir cuatro requisitos fundamentales:
- Ha sido probada: Ya se ha intentado en la vida real.
- Existe evidencia teórica en su contra: Hay razonamientos y conocimientos que la cuestionan
- Ha fallado siempre: Los resultados siempre fueron pobreza, escasez o inflación galopante.
- Se niega a morir: Reaparece tiempo después, a veces con un nombre más moderno, pero con el mismo ADN defectuoso.
Es como ese electrodoméstico barato que guardas en el trastero pensando que, con un poco de fe, esta vez sí calentará el pan sin incendiar el barrio.
Es una idea mala en teoría, mala en la práctica, que ha sido intentada más de una vez con los mismos malos resultados, pero que no muere, no se descarta, no se entierra. Regresa como si nada hubiese pasado, como si se tratara de algo nuevo, jamás implantado, en lo que nuevos ilusos colocan sus esperanzas.
¿Dónde hibernan?
¿Cómo es que algo tan evidentemente malo sobrevive tanto tiempo? Las ideas cucaracha necesitan refugios donde la lógica no las alcance y desde donde regresan para popularizarse entre novatos ignorantes..
🐘 La academia
La universidad es el balneario de estas ideas. Allí, un profesor con plaza vitalicia puede defender el control central de la producción sin haber gestionado jamás ni un carrito de helados.
En estos entornos, lo que importa es la estética de la teoría. Si la realidad contradice al modelo, para el académico, el problema es que la realidad es demasiado ruda. Y contagia a sus alumnos de eso mismo que padece.
🐘 Los partidos políticos y los intelectuales
Existen partidos políticos cuya existencia depende de la supervivencia de esas ideas cucaracha, por lo que las mantienen en cuidados intensivos y cn cirugías plásticas. Igual que intelectuales que, desde una torre de marfil, ven con disgusto una realidad que les parece vulgar.
🐘 Los gobernantes y organizaciones políticas
Mientras haya un político necesitado de justificar un poder desmesurado, habrá un experto dispuesto a redactar un informe que asegure que las leyes de la economía son solo sugerencias opcionales. Con tal de no perder el poder, las organizaciones políticas nacionales e internacionales se apoyarán en el reciclaje de ideas cucaracha.
🐘 Los votantes seducidos: un caso especial
Las ideas cucaracha son el mejor contenido del marketing emocional dirigido a seducir votantes con escasa idea de la realidad.
La simplicidad seductora de estas ideas es invaluable para justificar políticas tontas de apariencia razonable . Culpar a un «empresario codicioso» o a una «potencia extranjera» es un bálsamo para cualquier cerebro fatigado.
Aprovechan la memoria de pez de los educados en escuelas públicas. Para cuando la cucaracha vuelve a asomar, la generación que sufrió sus estragos ya no las recuerda y la nueva no tiene conocimiento ni experiencia..
Las ideas cucaracha capitalizan su apariencia de la buena intención: Si un político dice que hace algo «por el pueblo», se le perdona que su decisión acabe creando tres millones de pobres nuevos. La intención cuenta más que el balance de situación.

Ideas cucaracha: detección
Si para defender un dato económico necesitan cantar el himno, desconfíe.
Si el discurso se centra en «especuladores» o enemigos ocultos, corra.
Si se cree que la gente trabajará igual sin recompensa, usted está ante una cucaracha de pura cepa.
Si habla de esperanza en el líder, huya de ella.
Casos de estudio: el circo de las cucarachas
Casos de elefantes en la sala. Si se pusiese atención podrían verse esas ideas malas que como las cucarachas se mantienen con vida a pesar de haber fracasado una y otra vez,
Nacionalismo económico: «lo nuestro lo justifica todo»
El nacionalismo es la capa de invisibilidad de las malas ideas. Su lógica es simple: no importa si la política es mala, lo importante es que es nuestra.
Se utiliza para envolver el fracaso en la bandera y silenciar la crítica. Si señalas que una empresa estatal pierde millones, el nacionalista no te dará datos; te dirá que eres un «mal patriota». Es la herramienta perfecta para convencer a la gente de que pagar el doble por un producto nacional mediocre es, en realidad, una forma de vivir mejor.
Intervencionismo gubernamental: «yo puedo gestionar todo desde mi oficina»
Es la creencia de que la economía es un mecanismo que el gobernante puede ajustar con perillas desde un despacho.
Es como intentar dirigir el tráfico de una megalópolis dándole instrucciones individuales a cada conductor por radio: el choque es inevitable, pero el controlador siempre dirá que el problema fue que los conductores no giraron el volante con suficiente fervor.
Control de precios: «sí, sí puedo dominar a la realidad»
Se basa en la premisa de que se puede detener la inflación prohibiendo por ley que los precios suban.
Es como intentar curar una neumonía pegando el termómetro con cinta aislante en el número 36: el indicador se queda quieto, pero el paciente sigue ardiendo. Cuba y Venezuela son los ejemplos modernos; allí, el gobierno fijó el precio de la leche por debajo del coste y la leche, simplemente, decidió dejar de existir.
Proteccionismo: «lo nuestro es mejor (aunque sea peor)»
La idea es seductora: si prohibimos que entre lo de fuera, lo de aquí florecerá.
Es el equivalente a prohibir que tus vecinos te ayuden a cargar muebles para que tú mismo desarrolles bíceps. El problema es que terminas con una hernia, los muebles rotos y pagando el triple por un servicio que antes era eficiente.
Pulse aquí para otros escritores sobre el tema
Thomas Sowell: «Falacias económicas». Aunque no usa el término «cucaracha», Sowell es el maestro en diseccionar por qué las políticas bienintencionadas producen resultados desastrosos. En su libro Falacias económicas, desmantela con una precisión quirúrgica (y bastante sarcasmo) el control de precios y el intervencionismo. Él señala que estas ideas sobreviven porque los intelectuales no pagan ningún precio por estar equivocados, mientras que el ciudadano común paga la factura completa.
F.A. Hayek: «La arrogancia fatal». Si buscamos la raíz del porqué el intervencionismo y el nacionalismo económico son tan persistentes, hay que ir a Hayek. En La arrogancia fatal, explica que los políticos caen una y otra vez en la trampa de creer que pueden planificar la sociedad.
Conclusión (al estilo de H. P. Lovecraft)
La humanidad habita un islote de ignorancia en medio de negros mares de sinrazón, y no está destinada a navegar muy lejos. Lo que acecha bajo los cimientos de la civilización no son errores, son los Primigenios de dogmas ciclópeos que no pueden morir porque nunca estuvieron vivos.
El intervencionismo es el ídolo viscoso que exige el sacrificio de la voluntad humana; el nacionalismo, el salmo blasfemo que nubla el juicio de los hombres. En los laboratorios de la academia, sumos sacerdotes recitan fórmulas de una geometría política no euclidiana, invocando horrores que ya devoraron naciones enteras en eones pasados.
Las ideas cucaracha susurran desde el abismo. No buscan prosperidad, sino la quietud pútrida del control absoluto. Cuando el hambre aúlla y la moneda se disuelve como carne en ácido, el necio comprende que la «justicia» del Estado era solo el hambre de una deidad ciega e idiota.
No hay refugio. Cuando escuches el rascado tras los muros del mercado, no busques lógica. Solo queda el horror… el horror absoluto de ver a la humanidad abrazar, una vez más, aquello que está destinado a devorarla.
Edición última:
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