El sesgo del reclamo unilateral

los sitios de reunión también tienen sus elefantes invisibles

El tema central es el sesgo del reclamo unilateral (o cómo la peña intenta convertir sus manías, dietas o credos en leyes universales para dar la chapa al prójimo). Básicamente, aborda la incapacidad crónica de diferenciar entre «lo que a mí me molesta» y «lo que es objetivamente un delito».

La convivencia humana es, en esencia, el sutil e incomprendido arte de no pisarle los juanetes al de al lado en un ascensor lleno. Sin embargo, existe un tropiezo mental que manda esta frágil paz a la porra: el sesgo del reclamo unilateral.

Este fenómeno ocurre cuando a alguien le da por decidir que su preferencia personal, su religión o su dieta no es solo una opción privada, sino un estándar moral absoluto que el resto del planeta debe acatar por decreto. Quien padece este sesgo deja de ver a los demás como ciudadanos con derechos y pasa a verlos como piezas descarriadas de un puzle que él, en su infinita sabiduría, tiene que arreglar.


El ejemplo más clásico y visceral de este comportamiento se encuentra en lo que ponemos —o prohibimos poner— en el plato. Imaginemos a alguien que, por convicciones religiosas o éticas, ha decidido que el consumo de carne de cerdo es una impureza, o que las bebidas alcohólicas son un mal absoluto.

Hasta aquí, estamos ante una elección personal respetable. El conflicto surge cuando esa persona exige que el comedor escolar de sus hijos, el restaurante de la esquina o incluso la política de importaciones de su país eliminen el cerdo del menú para todos. O que se prohiba la venta de bebidas fuertes.

Bajo el influjo del sesgo del reclamo unilateral, el individuo no se conforma con ejercer su libertad de no comer o beber; busca cercenar la libertad ajena de sí comer y beber. El razonamiento es falaz: «Como a mí me parece mal, tú no deberías tener la opción de hacerlo». Se ignora que la libertad de hacer de uno convive con la libertad de dieta del otro. Es el reclamo de quien desea que el mundo entero sea un espejo de sus propias restricciones.

Este sesgo también se asoma en las tendencias de salud. Pensemos en el entusiasta del ayuno intermitente o de la dieta cetogénica que empieza a mirar con desdén el bocadillo de su colega de oficina. No se detiene en el consejo; pasa al reclamo de que se eliminen las máquinas de dulces del edificio porque «atentan contra la salud pública».

El sesgo del reclamo unilateral transforma una meta personal de bienestar en una inquisición nutricional contra el prójimo.


Si la comida es un tema sensible, la presencia de animales en nuestras ciudades es un polvorín. En los últimos años, hemos visto un aumento en los movimientos que buscan prohibir a los perros en parques, playas o comunidades de vecinos. Aquí, el sesgo del reclamo unilateral se disfraza de higiene o seguridad.

Un vecino que no simpatiza con los animales puede llegar a exigir que se prohíba la tenencia de mascotas en todo su edificio. Su argumento suele ser el potencial ruido o el posible olor.

Lo que el sesgo del reclamo unilateral le impide ver es la desproporción de su demanda: para evitar una molestia hipotética y menor, exige que su vecino renuncie a un vínculo afectivo legal y profundo. Es el intento de higienizar la existencia ajena para que no roce, ni por un segundo, la comodidad propia.

Lo mismo sucede en los parques. Hay quienes reclaman que se prohíba la entrada de perros incluso en zonas abiertas, bajo la premisa de que el espacio debe ser «solo para personas».

Este reclamo olvida que el dueño del perro es también un ciudadano que paga impuestos y que tiene el mismo derecho a usar el césped que quien prefiere leer un libro sin animales cerca. El sesgo hace creer al reclamante que su preferencia por un entorno aséptico es una ley natural, mientras que el deseo del otro de pasear con su mascota es un capricho intolerable.


La característica más fascinante —y peligrosa— de este sesgo es que rara vez es recíproco. Quien exige que, por ejemplo, no se coma cerdo en su presencia rara vez aceptaría que se le obligara a comerlo en una cena ajena. Quien pide prohibir los perros en el parque no aceptaría que se prohibieran los niños gritones en el mismo lugar. El sesgo del reclamo unilateral es, por definición, una calle de sentido único.

Es una desconexión con la regla de oro de la convivencia: la libertad propia termina donde empieza la del otro. Pero para el afectado por este sesgo, su libertad es elástica y la del vecino debe encogerse para dejarle espacio. Es una incapacidad crónica para entender que vivir en sociedad implica, necesariamente, tolerar cosas que no nos gustan, siempre que no nos causen un daño real y objetivo.

Las excepciones del sesgo del reclamo universal

Es crucial no confundir la tiranía de las preferencias personales con el armazón de hierro que sostiene la civilización. El sesgo del reclamo unilateral se desvanece cuando entramos en el terreno del daño objetivo y universal. No es una cuestión de estética o de dieta; es una cuestión de supervivencia colectiva.

Existen acuerdos que no son sugerencias, sino muros de contención. La prohibición de robar, por ejemplo, no es el capricho de quien desea proteger su billetera, sino la garantía de que el esfuerzo ajeno tiene valor. Del mismo modo, castigar a quien conduce bajo los efectos del alcohol no es una cruzada contra el brindis, sino una defensa del derecho elemental a no morir bajo las ruedas de un irresponsable.

Aquí la regla de oro se vuelve nítida: mi libertad de mover los puños termina exactamente donde empieza tu nariz. No lastimar físicamente al otro no es una «opción de estilo de vida», es el contrato básico que nos permite bajar a la calle sin armadura.

Mientras que el sesgo del reclamo unilateral busca imponer gustos, la ley justa busca evitar víctimas. La diferencia es sencilla: lo primero es control; lo segundo es justicia.

ambiente educativo con elefante supervisor al que nadie mira

Vive y deja vivir.

Nadie es tan bueno como para gobernar a otro sin su consentimiento. (Abraham Lincoln).

No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti.

Si no puedes ser un buen ejemplo, al menos sé una horrible advertencia. (Catherine Aird).

Si tu santidad depende de que yo no tome un trago, quizás tu fe sea más floja que tu voluntad.


Si te resulta difícil recordar toda la terminología psicológica, aquí tienes la versión simplificada para sobrevivir en el mundo moderno:

¿Qué es? Es creer que tus «no me gusta» o tus «yo no creo» deben convertirse en leyes para los demás.

¿Cómo identificarlo? Si estás pidiendo que alguien deje de hacer algo legal que a ti no te afecta directamente (como comer un jamón o pasear a un caniche) solo porque te resulta molesto o «malo», probablemente estás cayendo en este sesgo.

La regla de oro: En una sociedad libre, tú tienes derecho a tus restricciones, pero no tienes derecho a imponérselas a los que no comparten tu manual de instrucciones.

En resumen: No seas ese vecino que quiere que todos apaguen la luz a las ocho porque él tiene sueño. El mundo es grande, diverso y, a veces, huele a perro o a tocino frito o a gintonic. Aprender a ignorar lo que no nos gusta es el primer paso para ser un adulto funcional.


¿En qué se diferencia el sesgo del reclamo unilateral de una norma social legítima? 

La diferencia radica en la presencia de un daño objetivo. Una norma legítima protege derechos fundamentales (como no ser atropellado por un borracho), mientras que el sesgo busca imponer preferencias estéticas, morales o de estilo de vida a personas que no están causando ningún perjuicio real.

¿Por qué tendemos a caer en el sesgo del reclamo unilateral sin darnos cuenta? 

Por puro egocentrismo cognitivo y por el efecto del falso consenso. Tendemos a asumir que nuestra forma de ver el mundo es la «normal» o la «correcta», transformando la incomodidad personal en una supuesta falta de ética por parte de los demás.

¿Cómo puedo evitar aplicar este sesgo en mi día a día? 

Aplicando el filtro de la reciprocidad: pregúntate si aceptarías que te impusieran una restricción equivalente basada en los gustos de otra persona. Si la respuesta es no, estás intentando recortar la libertad ajena por pura comodidad.


Referencias bibliográficas

🐘 Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio.

🐘 Cortes, J. M. (2019). La tiranía de la preferencia: Sesgos cognitivos y convivencia en la sociedad hiperindividualista.

🐘 Pinker, S. (2018). En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.

🐘 La falla del activista giratorio

🐘 Los riesgos de la tolerancia según Kuehnelt-Leddihn

🐘 Cuando los derechos se vuelven libertades

🐘 Advertencia: hay dos tolerancias

🐘 Miniteatro: hablando de inmigrantes

🐘 El error de a justicia social


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